Fernando Tinajero

América dada al Diablo

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Jueves 28 de noviembre 2019

Benjamín Carrión fue un optimista incorregible. Gabriela Mistral le llamó “fervoroso”, y efectivamente lo fue hasta los últimos años de la fabulosa década de los sesenta, pero entonces advirtió la presencia de negros nubarrones en el cielo de América, y su optimismo empezó a vacilar. La década siguiente le trajo, una por una, las noticias de los desastres que entonces empezaron a abatirse sobre nuestro continente, y le sobrevino el desaliento: esa misma América que estuvo desde el comienzo en el centro de su atención, apareció enferma ante sus ojos. Era la misma a la que él había dedicado su primer libro y el tercero –“Los creadores de la nueva América” (1928) y “Mapa de América” (1930)–; la misma que había recorrido llevando a su pequeña patria como una flor en el ojal, tal como Adoum escribió un día; la misma que, al comenzar el siglo, la pluma armoniosa de Rodó había encarnado paradójicamente en Ariel, genio del aire. Y esa misma América parecía sucumbir en aquellos días bajo las botas militares.

Entonces hizo Carrión lo único que un escritor debe hacer: empezó a escribir una vez más sobre América, y lo hizo sin saber que esas cuartillas que iba acumulando eran su último libro. Lo tituló “América dada al Diablo”, pero no llegó a verlo impreso. Aunque lo había terminado cuatro años antes de llegar al final de su camino en este mundo (1979), aquel libro, que ni siquiera pudo recibir “esa soba final que no es mucho y es todo”, como decía Ortega, recién vio la luz en 1981, en Caracas, editado por Monte Ávila y prologado por Alfonso Rumazo González.

Hoy, al contemplar el turbio paisaje americano de estos tiempos, recuerdo inevitablemente aquel libro de Carrión y estoy, como él, casi al borde del desaliento. No se trata solamente de la astucia del socialismo fraudulento del siglo XXI, como parece creer cierta tendencia bobalicona: se trata de un desvencijado sistema de apariencias y espejismos que empieza a reclamar a gritos la verdad. Las democracias de papel, las libertades imaginarias, la tramposa inequidad disfrazada de justicia, ya no dan más de sí, ya no funcionan. Los pueblos ya no creen en la validez de las leyes mentirosas ni de las instituciones solemnes, pero carecen de referentes porque todos fueron enterrados bajo los escombros del Muro de Berlín. Carecen de referentes y de guías honestos; por eso a veces se dejan seducir por los charlatanes de feria; por eso se revuelven sobre sí mismos y de repente estallan. Por debajo de sus condenables excesos, que a veces huelen a venganza, creo percibir sin embargo una misma sed de libertad real y de justicia, un mismo hartazgo de esas desigualdades que no son la voluntad de Dios, como se les dijo durante tanto tiempo, sino el fruto de la codicia de los hombres. Por desgracia, quienes deberían orientar sus anhelos ya han desaparecido, y los que quedan, no dan la talla para las grandes tareas. Al parecer, América está dada al Diablo.