Farith Simon

Visitar al Papa

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Lunes 16 de noviembre 2020

No paran las críticas a la vicepresidenta de la República por su viaje a Europa. Pese a las explicaciones sobre la naturaleza oficial del viaje, que consideran que algunos resultados se obtuvieron y que el visitado no fue el Papa sino el jefe del Estado Vaticano, y no obstante la aclaración de que los gastos de la familia se cubrieron con recursos personales, nada cambia la impresión de que, en el contexto de crisis social y económica que vivimos, no se justificaba un viaje que, aunque no hubiera sido posible reemplazarlo con el uso de medios electrónicos, para nada hacía necesaria la presencia de la familia de la Vicepresidenta.

Lo sucedido con la señora Muñoz no es nuevo; muchos servidores públicos, especialmente de alto nivel, parecen considerar que parte de los beneficios asociados a la función que cumplen es visitar el extranjero con sus familias en viajes oficiales y usar ciertos beneficios del cargo con fines personales o políticos, sin que eso parezca irregular porque ha llegado a normalizarse hasta el punto de no parecer corrupción abierta y descarada.

Obtener con antelación turnos en instituciones públicas, enviar a los conductores pagados por el Estado a realizar compras de víveres, llevarlos a reuniones sociales privadas hasta altas horas de la noche, transportarlos a reuniones sociales particulares o a viajes de vacaciones nacionales, incluso en helicóptero, llevar a hijos e hijas a la escuela; sin olvidar los almuerzos oficiales, fiestas con artistas del gusto del gobernante, reuniones con partidarios políticos, algunas de ellas semanales en el mismo Palacio de Gobierno, son en realidad las señales más grotescas de la personalización y de la falta de ética en el uso de lo público.

Podría seguir con la lista de las muchas formas en que cotidianamente se usan, y se han usado, bienes y recursos públicos de forma personal, asumiéndolo como algo normar y que no merece reproche, porque se justifica como parte del trabajo que se realiza. En algunos casos no se puede afirmar que lo hecho sea ilegal, pero aunque deje de llamar la atención, a fuerza de repetirse, es algo claramente indebido.

La excepcionalidad en la que vivimos, las restricciones a los viajes al extranjero y la forma de la visita al Papa (más un peregrinaje familiar que una visita oficial), multiplicó las voces de crítica a una práctica constante, que en el pasado se ha expresado de forma chusca, como viajes de bodas al país de origen de su familia, dejar a hijos, llevar a la madre a visitar a su líder religioso, reunirse con socios políticos, todos enmascarados en viajes oficiales; pero esto debería llevarnos a una crítica más amplia a prácticas, toleradas institucionalmente, de uso incorrecto de bienes y recursos públicos, porque existe una suerte de convención para actuar con tolerancia frente a privilegios pagados por el Estado. Esto es algo que debe terminarse, porque su frecuencia no lo convierte en correcto.