Simón Espinosa Cordero

El Magnánimo de Sozoranga

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Domingo 23 de septiembre 2018

Walter Mena, médico lojano, llegó como la primavera a este desierto de matas espinosas. Entre tantas historias que cuenta, me impresionó la de don Leopoldo Samaniego Loaiza.

Eloy Alfaro, fundador del liberalismo radical, murió a manos de una turba enloquecida el 28 de enero de 1912. Entre ese año y julio de 1925, el liberalismo plutocrático gobernó en Ecuador.
Radicales y plutócratas se llamaban liberales, pero allí no más acababa el parecido.

Radical era el pueblo armado en busca de mejores días; plutócrata, el político ingenioso en busca del billete.

Así las cosas, entre los años 1916 y 1920, le tocó gobernar al caballero y poeta don Alfredo Baquerizo Moreno. Ecuador era un 80 por ciento, hueso; y un 20 por ciento, ceviche de langosta.

Quedaban todavía liberales radicales que de cuando en cuando se alzaban contra el régimen.
Y aquí comienza la historia en Sozoranga, tierra lojana lindante con Perú.

En la provincia de Loja, los cabecillas radicales Darío Suquilanda y Alberto Ortiz se habían rebelado contra el gobierno y le exigían consecuencia con el ideario del Viejo Luchador.

Don Eloy les bendecía desde “El estío de oro y torres de amaranto/ que llega con centauros y fraguas de berilo/ y con rojos ramales de escorpiones heridos”. No le quedó más remedio al presidente que ordenar al Ejército que sofocara el alzamiento. Y allá fue un general Salazar.

Nuestro general acampó en la hacienda que Leopoldo Samaniego Loaiza tenía en Sozoranga y ordenó dar con el paradero de los sediciosos. Al día siguiente por la tarde, tras un juicio sumarísimo, Ortiz y Suquilanda se hallaban frente al pelotón de fusilamiento. De pronto, se alzó una voz poderosa. Era la de Leopoldo Samaniego Loaiza. Dirigiéndose al general Salazar le dijo: “No le permito fusilar a estos hombres. Tengo autoridad moral para hacerlo. Durante ocho años yo he combatido a los liberales radicales en esta región y le ordeno dejarlos en paz”.

En el cielo de su conciencia, el general Salazar vio que “nacía y moría un relámpago” y ordenó al pelotón bajar las armas. Puestos en libertad, los reos huyeron a Perú y no volvieron de allá sino en 1946, en tiempos de Velasco Ibarra, el hombre de las cuatro estaciones políticas.

“Con este acto magnánimo -me decía Walter Mena- había triunfado la generosidad sobre el odio y el sentido humano había prevalecido sobre la ideología”.

El ánimo grande no es patrimonio de los pueblos oprimidos durante siglos. Mezquinos nos vio Espejo, el precursor sagaz. Y Rafael Correa nos está dañando con su mezquindad en los foros internacionales. Sus diez años de ácido sulfúrico nos ha afeado más el alma, de siglos, fea. Ojalá podamos, corazón adentro, librarnos de la mezquindad. Un busero asesino es un mezquino al volante.