Fernando Tinajero

Cien años del Fakir

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Jueves 12 de julio 2018

El próximo 5 de octubre se cumplirán cien años del nacimiento de uno de los más grandes poetas ecuatorianos: César Dávila Andrade, conocido en su círculo íntimo como El Fakir. Cuenca, su ciudad, ha comenzado ya los actos en su memoria; es hora de que todo el país lo haga, aunque la poesía no se encuentre muy cerca de las tendencias generales, y quizá la del Fakir menos que ninguna por su hermético carácter. Sin duda esa es la razón de que, entre toda su obra, lo que suele recordarse sobre todo es el Boletín y Elegía de las Mitas, ese estremecedor poema premiado en 1959, dentro del Concurso que en mejores tiempos promovía anualmente el diario El Universo.

En efecto, el Boletín ocupa un lugar no marginal, pero sí de excepción, en el conjunto de la obra de este gigante que hablaba en voz baja y parecía no querer que se sienta su presencia. Junto a Catedral salvaje (1952), es, como ha sugerido Iván Carvajal, la cuota que puso el Fakir para la construcción de esa patria que los ecuatorianos sintieron perder en 1942. Convocados por Benjamín Carrión, los intelectuales de entonces, lo mismo los poetas que los novelistas e historiadores, se dieron a la tarea de construir la “cultura nacional” que fue el soporte del aún débil estado nacional de entonces.

Pero la vocación del Fakir no era “patriótica” en ese sentido al menos: lo suyo era la exploración de su propia subjetividad, en la cual re-descubría el universo. Alquimia, espiritismo, magia, parapsicología, yoga, Zen: tales fueron los extraños alimentos de los que empezó a nutrirse muy temprano, y que al final le condujeron a su escalofriante suicidio en un hotel de Caracas (1967). Jorge Dávila Vázquez, su sobrino y albacea de su obra literaria, también poeta y narrador de primerísima línea, examinó en su tesis doctoral la relación entre la creación poética de Dávila Andrade y el suicidio (Cf. Cásar Dávila Andrade: combate poético y suicidio, 1998), Se trata, por supuesto, de dos fenómenos paralelos, concurrentes, interrelacionados, pero ninguno de los dos puede agotar el sentido del otro.

Independientemente del trágico final de su vida, el poeta fue capaz de crear un mundo poético alucinado. Thomas de Quincey escribió que descubrir un problema nuevo es tan importante como encontrar la solución de uno muy antiguo. Dávila Andrade hizo, quizá, los dos descubrimientos, pero los hizo en uno solo: su descubrimiento de lo que él consideró como verdades escondidas en los entresijos del universo fue al mismo tiempo el descubrimiento del enigma de su propio lenguaje.

No puedo cerrar esta brevísima nota en memoria del poeta sin recordar su faceta de narrador. Abandonados en la Tierra (1952), Trece relatos (1955) y Cabeza de Gallo (1966), ubican a Dávila Andrade entre los maestros de la narración breve. Difícil tarea fue la suya, esa de construirse un sitial de primera fila en dos géneros exigentes de la literatura, pero sobre todo en la tarea de vivir.