Fernando Tinajero

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Jueves 21 de noviembre 2019

Lunes, 5 a.m. Mientras espero las noticias, reviso unas páginas de la Historia de Riquer y Valverde. Ellos dudan de la veracidad del conocido relato según el cual, cuando volvió a Salamanca después de sus cuatro años de cárcel, Fray Luis de León habría comenzado su lección con las palabras “Dicebamus heri” (“decíamos ayer”), como si nunca se hubiera ausentado ni hubiese sido condenado por la Inquisición como culpable del “delito” de haber traducido el Cantar de los Cantares. Es probable que los historiadores tengan razón, porque a su regreso, el famoso agustino ocupó una cátedra teológica y no la de Escrituras que antes había sido suya (Hist. Lit. Universal, IV, 378). Sin embargo, me gusta pensar en el maestro que empieza su lección como si la anterior hubiese sido dictada la víspera, aunque le separasen de ella cuatro años de aislamiento y de penurias. Me gusta pensarlo, porque tal es el comportamiento de quien tiene el corazón bueno, libre de odios y rencores, y sabe que tenerlo es más importante que tener la cabeza llena de libros, pero sin sabiduría. Por eso, porque era bueno, Fray Luis buscaba la vida que “huye del mundanal ruido” y no quería “ver el ceño / vanamente severo / de a quien la sangre ensalza o el dinero.”

Estoy en eso cuando llega el periódico. Empiezo, como siempre, por las páginas de opinión y me encuentro con el relato de la desagradable experiencia de Miguel Rivadeneira en un templo quiteño. Casi enseguida las redes sociales me traen una versión más detallada del deslayado episodio. Conozco a Miguel, conozco su integridad y sé que no ha faltado a la verdad. No puedo evitar la comparación entre el comportamiento de Fray Luis, que con apenas dos palabras demostró la gran nobleza del perdón, y el de aquel clérigo cuya agria homilía me lleva a pensar que la crisis de la política ha alcanzado también a algunas cabezas tonsuradas, para las cuales parece haber desaparecido la diferencia entre la cátedra sagrada y la tribuna de los demagogos que necesitaron inventar un enemigo y lo encontraron en quienes ejercen críticamente el periodismo.

Sé bien que escribir regularmente para esta página no me convierte en periodista, pero no puedo admitir que se condene a todos los periodistas, como si todos, por el solo hecho de serlo, tuviesen como profesión la mentira y la calumnia. Pensar así es demostrar que ni la lógica ni la filosofía pudieron nada contra el prejuicio y el fanatismo. No basta vestir un hábito, ni siquiera el de Ignacio de Loyola, para condenar sin remisión a cuantos ejercen una profesión respetable, ni basta ocupar la silla del insigne Aurelio Espinosa para encontrarse más allá del bien y el mal.

Por eso yo, que soy viejo, tengo también que protestar, aunque quisiera, de todo corazón, repetir con Fray Luis: “Vivir quiero conmigo, /…. / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, /