Jorge H. Zalles

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Miércoles 08 de enero 2020

Los humanos tendemos a etiquetarnos según varios criterios. Los más comunes han sido los de supuesta identidad grupal, étnica o nacional: desde la antigüedad, griegos se distinguían de troyanos, persas y egipcios; romanos de cartagineses, celtas y godos: visigodos de íberos; blancos de negros e indígenas, etcétera, ad inifinitum.

Luego de las conquistas árabes en la península ibérica y, más tarde, de la Reforma, adquirió peso en Occidente el criterio de filiación religiosa: se distinguían, y se distinguen aún hoy entre sí, cristianos, musulmanes y judíos y, más tarde, católicos de protestantes, y distintas ramas de los últimos entre sí. Y en siglos más recientes, han adquirido peso las creencias político-ideológicas, que llevan a distinguirnos entre “de izquierda” y “de derecha” (términos hoy poco útiles), o entre liberales y marxistas-leninistas, socialistas del Siglo XXI, etc.

He concluido que, aunque entendible, ésta es una de aquellas realidades históricas cuya validez moral más intensamente debemos cuestionar, porque las peores atrocidades que unos humanos han cometido contra otros se han dado, precisamente, en confrontaciones entre grupos que se distinguían sobre una o más de esas bases – nacionales, étnicas, religiosas, ideológicas - uno de los cuales, además, con mucha frecuencia consideraba que era tan “superior” al otro que tenía derecho a la rapiña, la esclavización, la tortura o el exterminio del grupo vencido.

Creo que una mucho mejor manera de distinguirnos unos de otros es entre quienes valoramos, o rechazamos, la diversidad y la libertad de consciencia y de costumbres, y conversamente, rechazamos, o afirmamos, la idea de que el grupo al que pertenecemos es superior a cualquier otro. Existen algunos ejemplos históricos de la actitud que etiqueto de “abierta y respetuosa” en contraste con la que Karen Stenner llama “autoritaria”. Ilustro la primera con la bella historia del rey Alfonso VI, quien hace casi mil años, en 1065, cuando una buena parte de la península ibérica estaba ocupada por el Califato de Córdoba, estableció en Castilla la total libertad de culto para cristianos y musulmanes y se declaró “el rey de las dos religiones”.

Ese buen rey no pudo mantener tan ilustrada política por mucho tiempo, y Castilla pronto regresó a la feroz intolerancia, pero su luminoso ejemplo nos muestra que esta otra manera de distinguirnos – abiertos vs. autoritarios - no es un invento moderno, que recién aparece en el pensamiento occidental a fines del siglo XVII, sino, al contrario, es una posibilidad constante del espíritu humano, que ha sido nublada en innumerables ocasiones pero está siempre al alcance de quienes escojamos ver a todo otro ser humano simplemente como eso – otro ser humano – tan digno como todo otro de que honremos su dignidad.

jzalles@elcomercio.org