Monseñor Julio Parrilla

En un tiempo oscuro

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Domingo 16 de febrero 2020

En el horizonte de lo que se nos viene encima (incluidas las elecciones del próximo año) siento cada vez con mayor fuerza la necesidad de un gran pacto social que nos saque del agujero en el que estamos metidos. Necesitamos un gran pacto que integre proyecto político, economía y valores democráticos. No podemos vivir a expensas del redentor de turno ni del tapagujeros que estire la manta de la convivencia sin saber bien hacia dónde vamos.

Para el pacto debe haber alguien con liderazgo que lo proponga como horizonte de esperanza. Pero, dicho esto, desearía profundizar en el sentido del pacto que, lamentablemente, muchos confunden con un simple contrato. En la vida social coexisten, al menos, tres lógicas: contrato, ley y pacto. El primero se regula por intereses privados, particulares. La ley nos vincula a todos con todos, por eso no puede ser ignorada o aplicada arbitrariamente. Por eso, bueno es que todos estemos sometidos a la ley. Cierto que aquí entra Perico con la rebaja y siempre nos encontraremos con algunos privilegiados, pero, en derecho, el principio está más claro que el agua: la ley es para todos y todos somos iguales ante ella. Es esto algo que, gracias a Dios, forma ya parte de nuestro patrimonio moral y ciudadano. También gracias a Dios, tenemos un tercer espacio, el del pacto, algo que responde a la lógica de la alianza y de la lealtad mutua. Sin duda que, civilmente, es la forma más elevada a la que hemos llegado.

Expertos en olvidar lo que nos desagrada, puede que muchos piensen que los sucesos de octubre pertenecen al pasado, que la economía se irá ajustando por sí sola, que la inequidad en la que vivimos irá limando sus asperezas y que de las próximas elecciones, saldremos, una vez más, como siempre hemos salido: por la puerta o por la ventana. Y, además, algún santito nos echará una manita…

Me temo que la cosa no funciona así. Nunca como en este momento (después de la resaca correísta y del tiempo débil que nos ha tocado vivir, necesitamos poner manos a la obra y pactar en lo político, en lo económico, en lo étnico y territorial. Este inmenso puzzle que es Ecuador necesita manos expertas que vayan poniendo cada ficha en su sitio.

No nos queda mucho tiempo, pero es evidente que la realidad social, política y económica nos está urgiendo a encontrar caminos de convivencia y de integración El tema de la institucionalidad sigue pendiente y la Asamblea tiene su especial responsabilidad.

Hay que hablar. Sentarse con los indígenas, con los actores sociales y políticos, con los diferentes, hay que repartir de nuevo las cartas y reconstruir los pactos. Y para que exista pacto debe haber alguien con suficiente auctoritas (liderazgo) como para sembrar esperanza. Muchas de las cosas que nos pasan tienen que ver con la ignorancia del pacto. Pues conste que el pacto es nuestro horizonte de esperanza.