Alexandra Kennedy-Troya

¿Por quién lloramos?

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Jueves 25 de abril 2019

Hace pocos días Oscar Vela, compañero de opinión, escribió un hermoso artículo sobre sus relaciones de vida, viajes, literatura y Notre Dame. Como él, muchos lamentaron la pérdida parcial de tan valiosa joya, patrimonio de la humanidad, nos dice Unesco. Las noticias de entorno en medios convencionales y redes no dejaron de transmitir durante horas el suceso y de hacer eco de millares de seres que lloraban, literal y metafóricamente.

Y, como siempre, me empecé a preguntar qué pérdidas sufrimos y cuáles las razones para ello, más allá de nuestras personales anécdotas de burguesía privilegiada latinoamericana que visita –a modo de iniciados culturales y civilizados- París, e incluye por fuerza una entrada extasiada a Notre Dame. Será, me pregunto, que aún nos persigue el imaginario parisino que plantara el mismo Víctor Hugo (y otros) al publicar su novela en 1831, “Nuestra Señora de París”, que tantos adeptos tuvo entre los lectores latinoamericanos “cultos” y que consolidaba nuestro referente cultural modélico en la Francia del siglo XIX. Nuestros escritores románticos Juan Montalvo o Juan León Mera suspiraban por esta y otras historias de amores imposibles y personajes marginados: Esmeralda, la gitana, Quasimodo, el jorobado sordo y Claude Frollo, un archidiácono de París; historia situada en el Renacimiento francés que tuvo como trasfondo nacionalista, la valoración del gótico francés ante la despiadada demolición de edificios y fachadas medievales en pos de la modernización de la gran ciudad.

Estos y otros escritores y políticos locales asumían los desamores y las pérdidas del patrimonio de allá, relegando o secundarizando al propio patrimonio nacional en todas sus dimensiones: material, simbólica y sobre todo humana. Esta visión colonialista y dependiente del Otro supravalorado me temo que persiste aún. ¿Me pregunto cuánto y de qué manera llorarían aquellos Otros por nuestra Compañía de Jesús, por Ingapirca o la Riobamba moderna si estas desaparecerían? Y… si nosotros mismos vestiríamos de luto ante su pérdida; me pregunto con desesperación (y desesperanza) si nuestra propia cultura material americana es valorada en su verdadera dimensión o si seguimos jerarquizando el valor de los objetos bajo una mirada imbuida por la fascinación de lo de fuera, comparada y contrastada con aquella, sin capacidad aún de autorreflexión.

El patrimonio no es solo un ente material al que hay que preservar sin sentido para que admiren los turistas de paso. Es imprescindible conocer y difundir las historias de nuestras piedras y ladrillos labrados, los senderos transitados, la laguna venerada. Tarea titánica para los institutos nacionales y municipales de patrimonio, para las universidades, la investigación histórica es imprescindible para cambiar nuestra mirada.