Abelardo Pachano

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Viernes 29 de diciembre 2017

Finalmente se acabó la agresión, el insulto, las amenazas como forma diaria de la gestión de un ejecutivo omnímodo y abusivo ante la complacencia de unos dóciles y en algunos casos serviles colaboradores, que en conjunto sirvieron como instrumentos de la perversión institucional del Estado.

Se acaba un año en el cual el país logró sacarse de encima algunos dolores de cabeza que iban tomando la forma de migraña, aunque persisten muchos cuya descomposición lo encamina hacia una necesaria terapia de mayor intensidad y vigilancia. Unas tareas encargadas al gobierno lucen superadas, mientras otras recién comienzan (con enormes dificultades de llevarlas adelante y sino miren lo que ocurre en la Asamblea) y, no faltan las que ni siquiera están en la lista de pendientes.

El gran destape ha sido las billonarias estimaciones de actos corruptos (denunciados con mucha antelación pero sistemáticamente negados), incubados bajo la sombra de ese gobierno irónicamente autodenominado de “las manos limpias”, que no pensó en sus responsabilidades ni se imaginó que aquello podía ocurrir en la gestión de su escogido sucesor. Pero falta mucho por hacer. Se sienten las dificultades creadas para proteger a los podridos. La tarea por engendrar es un gran reto para la democracia y una oportunidad para infundir una cultura de defensa de la honestidad.

Para usar un calificativo milenario, ha sido uno más de vacas flacas. Algunos las vieron mejorar (engordaron un poquito), pero su recuperación no les pone en un plan sostenible de producción. No faltan aquellos que ni siquiera eso pudieron ver. Y no son pocos. Entre ellos abundan los que perdieron bienestar, están sin trabajo o el que lo consiguieron ofrece beneficios limitados.

El gobierno lo sintió en carne propia o, por lo menos, por primera vez reconoció lo que casi todos sabíamos: que el país estaba volando bajo, no tenía combustible ni fuerza para tomar velocidad de crucero. Cada fin de mes fue un parto doloroso: encontrar dinero para no ser más incumplido de lo que ya era y, seguir de esta manera poniendo en la mochila que todos cargamos más piedras (impuestos y deuda a cualquier costo) que harán más difícil avanzar.

En ese ambiente entre angustia y respiro se movió la economía. No hubo paquetazo del signo conocido, pero tampoco solución a los diques que impiden desplegar las energías propias de una sociedad cuyas iniciativas son contenidas por tanta injerencia perniciosa de la mal llamada regulación estatal.

Los problemas de fondo, unos políticos y otros económicos con diversos grados de dificultad y urgencia siguen ahí. Habrá que ver que planteamientos hace el gobierno para enfrentarlos. Esa agenda está por verse.

apachano@elcomercio.org