Milagros Aguirre

Octubre de los dolores

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Jueves 15 de octubre 2020

Octubre no es ni triunfo ni derrota sino todo lo contrario. Octubre duele. Octubre es herida abierta. Octubre muestra un país roto en pedazos. Octubre de caos. Octubre de represión y muerte. Octubre que no termina.Octubre es moneda de dos caras: para el Gobierno en general (y para la ministra Romo en particular), un frustrado golpe de Estado orquestado por el correísmo; para los dirigentes indígenas, una exitosa jornada de lucha y protesta.

Para el Gobierno, el ataque de unos cuantos vándalos, violentos y desestabilizadores. Para los indígenas, la represión más grande que se ha vivido los últimos tiempos. Para los estudiantes universitarios, Octubre fue solidaridad y empatía. Para la prensa, caos. Para las cámaras, pérdidas económicas. Para el Municipio: destrozos en el patrimonio. Para algunos alfiles del correísmo, el pretexto para declararse perseguidos.
Todo y nada es verdad. Todo y nada es mentira. Octubre fue distinto para cada uno de los ciudadanos, hombres y mujeres, poderosos o no, dependiendo de la orilla en la que les tocó vivir esos días de 2019. Y cada ciudadano, sea en las marchas, en la calle, en las zonas de paz (universidades), en sus casas —a puerta cerrada, con temor a salir— sufrió ese Octubre de bombas lacrimógenas, disparos en los ojos, correterías entre policía y manifestantes, palos y piedras, detención arbitraria y peligrosa de ambulancias, toque de queda, furia que no se pudo contener, señales inequívocas de racismo, guerra de noticias falsas y aprovechados politiqueros.

Nadie se lleva la gloria. Nadie se lleva el trofeo. Octubre es el resultado de la dolorosa realidad de un país herido y profundamente desigual, con una enorme brecha social y económica y con unos gobernantes sordos y ciegos, incapaces de volver su mirada a las necesidades de la gente, a las demandas de los distintos colectivos que participaron en las protestas (estudiantes, ambientalistas, trabajadores, campesinos), indolentes frente a sus reclamos y a las necesidades de miles; incapaces de detenerse a pensar en la frustración de cientos de jóvenes marginados que hoy patean calle en las ciudades; gobernantes y dirigentes negados al diálogo y a la escucha; mediadores que, salvo lograr una tregua en el momento, no empujaron acuerdos mínimos ni han trabajado en ello. A un año de Octubre nadie está procesando lo que ocurrió y lo que puede repetirse en un futuro no muy lejano. En lugar de procesarlo, parece que cada uno de los protagonistas está haciendo bandera de sus acciones, acomodando los relatos a sus egos, haciendo de la tragedia de Octubre, un débil trofeo. Octubre es, un año después, un caldo aliñado con sinsabores: la crisis de la pandemia, el altísimo desempleo, la corrupción en su estado más detestable, el abandono y la inequidad. Una olla de presión que nadie quiere abrir porque puede volver a estallar.