Óscar Vela Descalzo

La ocasión

Según Ernesto Sábato, “la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma –quizá la más completa y profunda- de examinar la condición humana”.

Mientras nuestras cárceles albergaban otra vez episodios de salvajismo y horror, empecé a leer ‘La ocasión’, una enigmática novela del argentino Juan José Saer, escritor complejo e inclasificable, dueño de una originalidad que abruma al lector y lo sumerge en una prosa abismal, contundente, plagada de recovecos y atajos que constituyen verdaderas emboscadas narrativas.

Embarcado en la historia de Bianco, un mentalista italiano que tras una humillación sufrida en Paris, viaja a la Argentina para establecerse en las distantes pampas, beneficiado por la entrega que se hacía entonces de tierras vírgenes para emprender su colonización, decidí no mirar aquellas imágenes que inundaban las redes y los noticieros, imágenes que los morbosos y ansiosos aprovechadores de lo macabro, insaciables, divulgaban con verdadero deleite.

A mediados del siglo XIX, este curioso personaje, Bianco, desembarcaba con miles de personas en un puerto bañado por aguas chocolatadas. Pronto conocería a Gina, la mujer a la que desposaría, y también descubriría al doctor Garay López, que se convertiría en su gran amigo y, al mismo tiempo, en la fuente de sus tormentos por los celos enfermizos que se alimentaban cada día en su cabeza.

Las noticias del exterior bullían. Más de cien personas eran asesinadas de forma brutal. Las aves de rapiña aguardaban al acecho la descomposición, pero no la de los muertos, sino la del país que se atrevió a desarmar aquel montaje siniestro de cooperación y sociedad con el narcotráfico. ¿Están relacionados unos hechos con los otros?, se preguntaba mucha gente… Sumergido es esas páginas, apareció de pronto un tal Waldo “…que no tenía más de un año, era una criatura oscura y gordinflona, que, traspapelada entre los perros, y desplazándose igual que ellos en cuatro patas, se la pasaba sorbiéndose los mocos de modo tal que cuando creció le quedó la costumbre de torcer un poco la comisura de los labios hacia arriba y hacer ruido con la saliva entre los dientes…”.

Imaginaba un triángulo amoroso entre Bianco, Gina y el doctor Garay López. Waldo, que gozaba del don de vaticinar el futuro, no revelaba nada al respecto, pero la tensión subía porque había llegado la fiebre amarilla para asolarlo todo y ella estaba embarazada. Si la criatura fuera peliroja, Bianco respiraría, pensaba, pero si era morena… En ese juego circular al que me sometía Saer, también dudé, anestesiado por su prosa.

Y, mientras tanto, allí afuera todos parecían haberse olvidado de los muertos y de los presos, de los crímenes y de sus vidas miserables, y ya no hablaban de sus derechos, que en realidad, después del escándalo, no les interesaba para nada. Y los que saquearon al país y lo entregaron a las mafias, los que se llevaron el dinero de todos, hablaban de una tal Pandora, ellos, los habitantes de la caja.

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