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La nueva utopía

Por estos días, en una isla del Caribe se realizan festejos impulsados desde las esferas oficiales debido a que hace 60 años se produjo un hecho que, si bien en ese momento no alcanzó el éxito esperado, marcó el inicio de la pelea de un grupo insurgente que se alzaba contra una dictadura viciada, en la que se concentraban todos los males propios de los regímenes autoritarios. Los insurgentes años después tenían éxito y desalojaban del poder al dictador con la simpatía de gran parte de la intelectualidad del Nuevo y Viejo continentes. En otros espacios empezaba a germinar un movimiento que auspiciaba una forma de vida que pretendía romper con los cánones hasta ese momento conocidos. Eran las ansias de una juventud empeñada en crear un mundo y un hombre nuevo, propósito plausible pero que prontamente se estrelló contra la realidad de los hechos. La naciente revolución no tardó en aliarse con los herederos del stalinismo, que les enseñaron el modo de eliminar libertades y asumir los controles para perpetuarse en el poder.

El movimiento contestatario fue perdiendo fuerza mientras avanzaban los tiempos y sus integrantes se iban reacomodando en la vida común y corriente que vilipendiaron cuando estaban jóvenes, pensando más en su bienestar que en los sueños de transformación. El imperio totalitario se desplomó pasando a ser una potencia de segundo orden, dejando el espacio a su competidor ideológico que con pragmatismo había tomado del capitalismo varias herramientas para fortalecer su economía, pero negando cualquier ápice de libertad a sus ciudadanos.

Luego de más de medio siglo que una nueva dinastía se instaló en el poder, la isla referente ahora es un desastre y muchos de sus ciudadanos luchan por sobrevivir con cualquier oficio, hasta que se les abra la oportunidad de emigrar. El encanto que despertaba en sus inicios se esfumó y gran parte de la intelectualidad internacional, salvo aquellos que han recibido halagos de los totalitarios, reclama la necesidad que se realicen los cambios que permitan a los isleños respirar libertad.

¿Dónde están los nuevos sueños? La humanidad entera camina decididamente a ampliar las esferas de la libertad, en donde los individuos puedan desarrollarse a plenitud sin necesidad de adherir a eslóganes o ideologías caducas y puedan crear, escribir, pensar sin censores. Todo lo que vaya en contra de ello ahora es caduco, retrógrado, contrario a los tiempos. Para ejercer esas libertades hay que crear las condiciones materiales a fin que las grandes mayorías accedan a vidas dignas; ese es el gran desafío en el mundo actual. Pensar que sólo la propaganda o el intentar acallar la voz de los que discrepan o piensan diferente pueda ser la manera de construir una nueva sociedad, simplemente significa colocarse en las antípodas de la historia. Parece que las verdaderas esperanzas ya no reposan en quienes se reclamaban revolucionarios.

La nueva utopía

El discurso inaugural de Gabriela Rivadeneira, presidenta de la Asamblea, ha causado deliro en las masas verde flex. La temática discurre por varios géneros literarios y subgéneros narrativos: inicia con el bucólico o pastoril, continúa con el dramático, la epopeya, recurre al mítico y al litúrgico para aclamar al dios de la revolución, cuya obra -según Gabriela- es la construcción del ideal inalcanzable e irreal, la utopía. Emplea el adjetivo “utópica” y su inflexión “utópicos”, para calificarse a sí misma y calificar a sus camaradas del grafiti, esa “idílica” costumbre que profesaba Gabriela y otros utopistas antes de ejercer un cargo público. La sola mención del patronímico nos estremece, dada la santa devoción que la Presidenta profesa por el protagonista de su fantástica historieta. Yo prefiero la descripción de Borges (Utopía de un hombre que está cansado): ¨…los gobiernos fueron cayendo gradualmente en desuso, imponían tarifas, confiscaban fortunas, ordenaban arrestos y pretendían imponer censura y nadie los acataba. Los políticos tuvieron que buscar oficios honestos; algunos fueron buenos cómicos o buenos curanderos”.