Gonzalo Maldonado

La novia de George

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Domingo 01 de julio 2012
1 de July de 2012 00:22

La del Solitario George es una historia que pasará a los anales de la ciencia como uno de los esfuerzos más grandes y disímiles que se han hecho por impedir la desaparición de una especie animal de la faz de la tierra.

Según la Estación de Investigación Charles Darwin (CDRS, por sus siglas en inglés), este quelonio fue encontrado de casualidad en 1971 por unos guardaparques que cazaban chivos en la isla La Pinta. Una tortuga de aquellas proporciones no había sido vista en por lo menos 60 años –cuenta la CDRS– lo que hizo evidente desde un principio que se trataba del único Geochelone elephantopus abingdoni que había sobrevivido a la aniquilación a la que esta especie había sido sujeta por marinos y cazadores durante el siglo XIX y principios del XX. Le llamaron ‘Solitario’ porque era el último de su especie; el George le fue añadido porque al actor George Goebel –de moda en aquel entonces– gustaba llamarse ‘Solitario George’.

Así empezó una saga científica por perpetuar la especie de esta tortuga, una historia fascinante que fue contada por Henry Nicholls, en ‘Lonesome George. The Life and Loves of a Conservation Icon’. Puede ocurrir que la especie resultante de una cruza se extinga al poco tiempo porque su genética híbrida no le permite sobrevivir en el entorno de su padre ni de su madre. Otro factor que dificulta el apareamiento entre macho y hembra de especies diferentes es que su genética particular no les hace atractivos entre sí, explica Nicholls.

Otras hipótesis también fueron lanzadas: ¿qué tal si la apatía de George por las hembras se debe a que no sabe qué hacer con ellas? Al parecer, en el mundo animal la información sobre el apareamiento no sólo es instintiva, sino que también se transmite mediante el ejemplo de los otros.

Fue en este punto cuando Sveva Grigioni –una joven bióloga que trabajó temporalmente para el CDRS– entró en la vida de la tortuga gigante. Con una paciencia digna de Job, Grigioni fue ganándose la confianza de George al punto de aceptar que la chica manipulara sus genitales.

Antes de cada encuentro, Sveva untaba su cuerpo con feromonas de tortugas hembra para resultar más atractiva al indiferente galán. El truco resultó–cuenta Nicholls en su libro– y George comenzó a responder cada vez mejor a los avances de Grigioni. Todos esperaban que muy pronto George comenzara a emplear sus nuevas habilidades con el harén de hembras que le habían preparado.

Pero Sveva debió regresar a sus estudios de doctorado y, con su ausencia, la pasión carnal del Solitario George volvió a esfumarse. ¿Qué hubiera pasado si Sveva se quedaba más tiempo con este esquivo animal? Tal vez George se hubiera apareado o tal vez no. Esa historia ya no la contarán los científicos sino los escritores.