No más octubres

Lo que está viviendo Colombia nos recuerda los oscuros y violentos eventos de Octubre de 2019 en Ecuador, y también los de Chile. Todos estos sucesos empezaron con la presencia de protestas sociales, legítimas y necesarias en los sistemas democráticos cuando se lo hace de forma pacífica y con un propósito de enmienda y solución contra los gobiernos de turno. Sin embargo, en todos los casos referidos, las protestas degeneraron de forma súbita en actos de una violencia extrema y delincuencial que no correspondía al origen de las marchas.

¿Acaso podemos ser tan ingenuos para pensar que todo esto es pura casualidad? No lo creo. Sin duda detrás de esta estrategia hay grupos interesados en desestabilizar a ciertos gobiernos democráticos infiltrando entre los protestantes legítimos a miembros de sus huestes que tienen como objetivo generar confusión, destruir bienes públicos y privados, borrar huellas de antiguas corruptelas (como sucedió en Ecuador), y así crear un ambiente político y social caótico para acceder al poder por vías anti democráticas.

A diferencia de lo que sucedió en Chile, cuyas jornadas violentas se diluyeron tras la pandemia y la promesa de un plebiscito en el que se resolvió iniciar un proceso constituyente, o en Ecuador, en que se evitó un golpe de Estado con un acuerdo entre el gobierno y organizaciones sociales indígenas y campesinas, en Colombia, país enfrentado a la violencia desde hace décadas, se ha producido una represión brutal del gobierno en las calles, con decenas de víctimas y desaparecidos, y también con la complacencia de infiltrados que han reaccionado con la misma brutalidad contra las fuerzas policiales, colocando a la frágil democracia del país vecino en terapia intensiva.

La crisis económica, agravada por la pandemia, que ha provocado más desempleo y acentuado los problemas sociales y la situación de pobreza de nuestras naciones, es el detonante de las protestas sociales y de la inconformidad de los que menos tienen. En Colombia, parte de esa masa que ha salido a las calles a levantar su voz son jóvenes, muchos de ellos desempleados y con un futuro incierto en un país, como muchos de los nuestros, que sigue postergando las soluciones de los estratos más bajos por mirar el panorama solo en los aspectos macro, sin atender a las personas en sus necesidades básicas.

La situación política de Colombia es delicada y las consecuencias de la represión ordenada por el gobierno serán muy graves. Si los golpistas infiltrados no logran su propósito ahora, posiblemente en las elecciones de 2022 se dará un viraje en la tendencia ideológica. Ojalá que no sea hacia el extremo del socialismo del siglo XXI que tanto daño ha hecho al continente. Ojalá que la izquierda moderada retome el espacio usurpado por esta línea política radical vinculada con mafias oscuras e indeseables. Ojalá que no nos vengan más octubres, y que si llegan, los superemos sosteniendo la democracia en este lado del mundo.