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Martes 29 de octubre 2019

scordero@elcomercio.org

“Desde hace largo tiempo huyo de las multitudes. Las evito. Sé que todo o casi todo proviene de ellas. Quiero decir, la guerra, lo malo, los sueños e intentos vacíos que la multitud abre en el cerebro de tantos hombres, a quienes he visto actuar cuando saben que no están solos, cuando saben que pueden envolverse, disolverse en la masa que los engloba y les supera, una masa hecha de miles de rostros tallados a su imagen. Siempre podrá decirse que la falta corresponde a quien las arrastra e incita, y les hace bailar como a un reptil alrededor de una estaca; que las multitudes son inconscientes de sus gestos, de su recorrido y su porvenir. Es falso. La verdad es que la masa es ella misma un monstruo. Se crea, cuerpo enorme, compuesto de millares de otros cuerpos conscientes. Sé también que no hay masas felices, que no las hay tranquilas. Tras la risa, la sonrisa, la música, los cantos, hay sangre que arde, se agita, da vueltas sobre sí misma y se enloquece por ser arrollada y agitada en su propio torbellino”, escribe Philippe Claudel en su triste y bella novela ‘El informe de Brodeck’.

Al leerla estos días, encuentro párrafos tan sabios, tan expresivos de nuestros instintos e intuiciones a menudo inconfesables, que no puedo resistirme a compartirlos y, en la medida de mis posibilidades, a reflexionar para mí misma y para quienes sientan que esta lectura no nos es ajena, aunque se inspire en acontecimientos y penas enormes –la primera y la segunda guerras mundiales- que no conocimos de cerca como pueblo o que, en nuestra propia historia fuimos tan poco lúcidos con nosotros mismos, que hemos olvidado sufrimientos análogos.

Este párrafo nos ayuda a entender los recientes acontecimientos sufridos por nuestro querido, pequeño y hermoso país. No son calificativos a modo de consuelo, ni tratan de convencernos de aquello en que no creemos. ¿Por qué imaginar que siendo más grandes en extensión seríamos mejores? Existieron y existen pueblos más pequeños que el nuestro, que han sufrido depredación e injusticias, pero que hoy se yerguen como bastiones de armonía interior y se proyectan así hacia el mundo; es cierto que no hay nada ni nadie perfecto, y que habrá mucho de negativo en alguno de ellos, pero la verdad es que el tamaño de un país no construye su triunfo ni enuncia su desgracia.

Esto, en cuanto a nuestra extensión territorial. En cuanto a nuestra ‘extensión’ íntima, posibilidades de avance y de proyección justa hacia todos, el Ecuador depende de cada uno de nosotros y no, evidentemente, de la masa: de lo que hagamos sobre nosotros mismos como individuos, y que, de modo natural, repercuta en los demás depende también la autoconciencia de cuantos nos rodean, de quienes amamos y, a veces, la de quienes ni siquiera conocemos.

Es el destino de la aludida proyección sobre el cual apenas tenemos dominio o potestad.

Pero, y lo dice Claudel, no el gran poeta, sino otro escritor francés, novelista en plena madurez, ‘temamos a la masa’.