Marco Arauz

Un monumento a la dolarización

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Domingo 13 de enero 2019

Tiene muchos defectos y su precedente -el feriado bancario decretado en marzo de 1999 y el posterior congelamiento de depósitos por un año para cuentas superiores a dos millones de sucres- fue cruel. Sobre todo para los depositantes que creyeron en una banca que llegó a pagar intereses cercanos ¡al 100%!

El sistema financiero se desmoronaba porque se había abusado de la facultad de prestar el dinero de los ahorristas a empresas vinculadas a los bancos, que no podían devolver los créditos en medio de una severa crisis productiva. Nada detenía la devaluación del sucre -el salvataje costó miles de millones de dólares- y el presidente Jamil Mahuad anunció el segundo domingo de enero del 2000 que la dolarización era la única salida.

La decisión sinceró una economía que ya estaba harto dolarizada: arriendos, compras, préstamos... Ha sido el hilo conductor de la paulatina estabilización de la economía y la política, pese a que nuestros gobiernos no han hecho gran cosa para mejorar la productividad y propiciar el ingreso de capitales.

Vale la pena mirar lo que sucede con la moneda en países como Venezuela, que acumula una inflación para la cual ya no alcanzan los ceros y cuyo gobernante no hace sino empeorar las cosas minuto a minuto, y Argentina, donde el heredero del desastre del kirchnerismo, Mauricio Macri, no ha podido frenar la devaluación pese a sus terapias de shock.

Fue desde Argentina, precisamente, desde donde llegaron a Carondelet -con escala en Guayaquil- las ideas de convertibilidad, primero, y de dolarización, después. El doblemente fugaz presidente Abdalá Bucaram defendía la convertibilidad para fijar un cambio de 4 000 sucres por cada dólar pero no concretó la medida en sus siete meses de gobierno. Huyó tres años antes que Mahuad.

¿Por qué Mahuad tardó en tomar la decisión de atar el sucre al dólar? Su principal defecto -no se sabe si tiene relación con el accidente cerebral que sufrió en España mientras era alcalde de Quito- era alargar demasiado la etapa de análisis. Su mentor político decía en privado que ‘Harvard lo botó jodiendo’. Y los socialcristianos se exasperaban por esa especie de parálisis por análisis.

Es difícil olvidar que Mahuad eligió conscientemente enfrentar en primer lugar el grave problema limítrofe con el Perú y dejar para más tarde la crisis económica con la cual empezó su mandato y que le inspiró la teoría del Titanic, con dibujos y todo. Su obligación era enfrentar los dos problemas a la vez.

La dolarización, es cierto, tiene entre sus problemas la inflexibilidad -que resta competitividad a los exportadores-, pero tal vez esa sea una de sus virtudes, en un mundo plagado de políticos débiles. Otro defecto, ese sí indefendible, es que facilita el lavado de dinero.

Quizás su autor no se merezca un monumento, pero ella sí, por su gran aguante.

marauz@elcomercio.org