León Roldós

¿Miedo? ¡Sí, miedo!

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Miércoles 08 de agosto 2012
8 de August de 2012 00:03

Una maestra jubilada, de algo más de 75 años, con una lesión de cadera, y un hijo de 40 años con limitaciones en su desarrollo mental, me relató su angustia. Hace más de una década tiene una empleada “puertas adentro”, de lunes a viernes, que va a su pueblo de origen los sábados y domingos, y otra persona que la atiende los fines de semana. La primera está afiliada al IESS, la segunda no. Su problema es económico, su pensión jubilar solo se aproxima a USD 900, sin otro ingreso, y su gasto mensual actual en las dos empleadas llega a cerca de USD 450.

Con la afiliación al IESS para las dos y el ajuste de la jornada laboral a solo 8 horas diarias, su costo excedería de los USD 700 mensuales. A la señora de “puertas adentro” la maestra ya le avisó que debe buscar casa, porque no le puede pagar horas extras, y ésta se angustia, porque tendría que pagar alquiler, luz eléctrica, agua, y adquirir cocina, refrigerador, cama y algunos otros muebles, a más del gasto del transporte diario. El razonamiento de la maestra es que si la señora sigue viviendo en su casa, algún día le reclamará horas extras.

A la señora de fin de semana, le avisó que no le queda otra cosa que despedirla y que verá cómo le paga al IESS por la afiliación que inicialmente no le dio, y ésta se angustia, porque se quedaría sin trabajo y ruega que se la mantenga como hasta ahora ha sido la relación, pero la maestra sabe que siempre podrá demandarla.

Suma de angustias que potencian miedos: de la maestra, en cuanto a lo que le podría pasar en las noches y fines de semana a ella y a su hijo, ambos con discapacidad, de no tener quien les ayude; de la señora empleada de lunes a viernes, a no tener dónde y cómo vivir con algo de dignidad, por los costos que debería asumir y hoy no los cubre, si deja de ser “puertas adentro”; y, de la señora empleada de fin de semana, a quedarse en la desocupación.

Miedo de un profesional médico de Quito, con dos hijos universitarios que conducen vehículos, que está angustiado por el temor que los detengan si en un momento no ven el velocímetro y en una avenida urbana de noche su coche se acelera a 62 km/h en lugar del tope de 50 km/h, diferencia prácticamente imperceptible para un conductor que no tenga clavada la vista en el velocímetro, distrayendo ver la propia vía pública y a los otros vehículos que circulan: captura inmediata, juzgamiento sumarísimo y vejamen, con prisión de tres días, sin posibilidad de defensa alguna. El presidente Rafael Correa dice que en Francia existe lo mismo y es todavía más severo.

La verdad es otra: allá hay prisión cuando la velocidad excede en 50 km/h al tope autorizado; ejemplo, en una vía rápida de 110 km/h, hay prisión si el infractor va por encima de 160 km/h.

Usted, lector, ¿está dispuesto a transformar el miedo en valor y en rebeldía? Para ello, requiere decisión y dignidad.