Diego Araujo Sánchez

“Matón de barrio”

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Martes 31 de julio 2018

Solía permanecer con su jorga en la esquina del barrio, escenario de exhibición de músculos y enfrentamientos con los puños. Buscaba pelea e infundía temor a su paso. Plantilla y mentiroso, con una facilidad de palabra parecida a la de quien en las plazas pasa por encantador de serpientes u ofrece la crema milagrosa para curar cualquier mal, buscaba aplausos y mantenía su predominio en la esquina junto al grupo de amigos y seguidores que lo veneraban y cumplían sus órdenes como mansas ovejas. Sin ellos no se atrevía a imponer su presencia amenazante.

Cuando tenía que caminar solo, iba con el rostro tenso, descompuesto, y una sonrisa de burla congelada por el resentimiento. Si entonces alguien se mofaba de él o lo insultaba, no se atrevía a pelear sin su gallada. En el barrio de mi infancia, recuerdo a un matón a quien, por sus súbitos arrebatos, apodaban Fosforito. Yo creía que el personaje había desaparecido por obra del crecimiento urbano y el cambio de valores, hábitos y costumbres; y suponía que, con la modificación del barrio como una comunidad chica donde todos se conocían, se había perdido para siempre aquella figura.

Sin embargo, el presidente Moreno trajo del olvido la imagen del matón para trasladarlo, metamorfoseado, del barrio de pueblo chico a la política nacional y, de forma desafortunada, hasta al escenario internacional.

El personaje redivivo dividió el país entre quienes están con él o contra él, entre sus admiradores y partidarios y los demás, a quienes no consideraba opositores, sino sus enemigos. Premió la sumisión y fidelidad de su grupo cercano con el encargo sucesivo de dispares tareas. Nadie sabía como él, ni dictaba cátedra y tenía en todo la última palabra. A quien se apartaba de esa línea trazada, aunque antes hubiera sido su amigo del alma, lo separaba y colocaba entre sus enemigos.

Protegido por una caravana de seguridad o apoyado por sus fieles servidores, se sentía poderoso y se exhibía con arrogancia por calles y plazas. Multiplicaba su presencia por las redes sociales, el emporio mediático en manos del Estado a su servicio y la omnipresente publicidad en la que sus cercanos gastaron a manos llenas fondos públicos también para su provecho. Si alguien profería una voz en contra de él o le hacía una mala seña, detenía la caravana, perseguía e increpaba al opositor. La esquina callejera se convertía otra vez en el escenario para el escarnio.

La política se consagró como guerra a muerte y espectáculo para agredir y denigrar. Abusos, corrupción y destrozo de las instituciones democráticas fueron sus frutos. La experiencia del caudillo populista autoritario debería llevar a los ecuatorianos a pronunciarse por un nunca más a los matones de barrio y a exigir que se dignifique con altura y ética la política.