Marco Arauz

Assange y su torre de marfil

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Domingo 14 de abril 2019

Una de las banderas que se ha levantado en estos días para criticar el fin del asilo de Julian Assange, decidido por el presidente Lenín Moreno, es la de la libertad de expresión.

Esos argumentos son creíbles en boca de quienes siempre los han defendido, aunque se tienda a obviar todo lo que ha sucedido después de las filtraciones del 2010: desde las acusaciones de abuso sexual hasta las tramas políticas en las cuales el personaje se ha visto envuelto, así como las condiciones inevitables del asilo político y el respeto mínimo que se merece incluso un ‘país insignificante’.

Pero produce pena y risa escuchar ese argumento a los más conspicuos detractores de la libre expresión, con el expresidente Correa a la cabeza. Para hacerlo fácil, solo hay que imaginar qué destino habría corrido un ecuatoriano que hubiera hecho frente al Estado correísta la centésima parte de lo que ha hecho Assange respecto de otros estados.

Nos caracterizamos por la mala memoria y no es el objetivo de esta nota hacer la larga lista de abusos y agravios a la libertad de expresión durante diez años, pero no nos olvidemos de que Correa dio el asilo a Assange sobre todo por la resonancia mundial que podía obtener para disminuir los ecos de sus actitudes dictatoriales internas.

El costo era lo de menos. Y tampoco valía la pena utilizar, como sí se lo hizo en muchos otros casos, el discurso de soberanía frente a las reiteradas violaciones a la reglas del asilo de parte de Assange, desde el inicio mismo. Ese gobierno conocía todos y cada uno de los exabruptos, las ofensas y los incumplimientos, y fue tolerante por conveniencia.

Dado que el ‘affaire’ ha terminado por desarmarse, es de suponer que también se está cayendo un andamiaje de espionaje al propio Estado, montado desde adentro con fines políticos y personales. Veamos a dónde conduce la pista que está investigando la Fiscalía respecto de un posible entramado de espionaje montado debajo de la cama del alguacil.

¿Una acción correísta en defensa de la libertad de expresión e información, así a secas? Más bien un montaje conveniente para su imagen mundial y sus intereses políticos. Tenía la motivación y los recursos, pero como la mayoría de obras de la mal llamada revolución, la torre de marfil resultó dispendiosa, faraónica, innecesaria.

La Asamblea tiene que pasar del apoyo a la acción presidencial a la fiscalización: tiene que quedar muy clara la responsabilidad de los cancilleres y funcionarios diplomáticos y políticos gestores de la magna obra, y desde luego la del propio expresidente.

Un capítulo que merece mucha atención es la responsabilidad de la excanciller Espinosa en esta auténtica feria de la nacionalidad ecuatoriana con el fin de dar vida, a toda costa, a un plan que termina con más fisuras que Coca Codo y más pistas que El Aromo.