Lolo Echeverría Echeverría

El incendio de la catedral

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Sábado 20 de abril 2019

Mientras humeban todavía los restos de las enormes vigas de roble del techo de la catedral de Notre Dame, y grupos de parisinos oran o cantan en las cercanías, empresarios y ciudadanos franceses empezaron a entregar donaciones para financiar la reconstrucción. Más de mil millones de dólares se habían ya comprometido tres días después del incendio.

No existe causa buena que no tenga opositores. Inmediatamente empezaron a circular las críticas a los donantes señalando que pretendían aprovechar la tragedia para obtener reducción de impuestos. Alguno de los grandes donantes anunció que renunciaba a cualquier deducción relacionada con la donación que había hecho. Pero no fue el único comentario negativo.

También surgieron las reflexiones, aparentemente humanitarias, que calculaban las cantidad de buenas obras que se podían hacer con ese dinero y peor todavía, aparecieron los ácidos comentarios de falsos historiadores que criticaban el dispendio que implicó la construcción de las grandes catedrales, las injusticias que se cometieron, las víctimas que costaron y la inutilidad de las iglesias para resolver la pobreza, la desigualdad y la injusticia.

Cuando escuché estas reflexiones y me llegaron a decir que acaso hubiese sido mejor que se derrumbara la catedral, sentí un dolor enorme y solo atiné a comentar que una catedral como la de Nuestra Señora, no es solo una iglesia; es una muestra de la civilización y un testimonio de la capacidad y necesidad de espiritualidad en el ser humano. Si solo nos ocupáramos de sobrevivir, no seríamos diferentes de los animales. Lo que nos hace humanos es la capacidad de crear cultura y civilización.

En la construcción de la catedral participaron decenas de miles de personas que compartían la fe en Dios y la creencia de que colaborando en la obra iban a lograr la reducción del castigo por sus pecados. Participaban en un sueño colectivo que pretendía levantar una obra hacia el cielo más allá de donde nadie había llegado. Quienes iniciaron la obra no iban a verla terminada, pero creían en ella y vivían para ella.

Las catedrales góticas movieron montañas enteras para extraer las enormes piedras de cien kilos que iban numeradas y que el maestro de obra y sus ayudantes sabían exactamente a dónde iban. Solo para los andamios fue necesario talar bosques enteros y tuvieron que inventar mecanismos nuevos para elevar las piedras y las piezas de roble hasta alturas equivalentes a un edificio de 20 pisos. Las catedrales crearon empleos y promovieron avances técnicos. Llegando hasta los límites de lo posible, en algún momento debieron sentir que trabajaban para vencer a la muerte.

Notre Dame ha durado 800 años y seguirá viviendo. Ha sufrido la destrucción parcial por muchas causas pero no pudieron contra ella ni dos guerras mundiales ni atentados terroristas. Hitler pensó en echar al suelo la catedral pero terminaron él y su sueño y la catedral sigue en pie.