El diablo como año viejo

Los buenos tienen miedo del diablo porque representa la maldad y el castigo, los malos no le temen al diablo porque ellos son el diablo. Pero no existen ni buenos ni malos; todos somos la confusa mezcla de bondad y maldad, no hacemos el bien que queremos sino el mal que no queremos, como dijo Pablo a los Romanos en el año nuevo del año 57.

La hermosa tradición de quemar el año viejo representa la ilusión de destruir lo malo del año que termina para empezar de nuevo con esperanza en las bondades del año nuevo. Quemar el año viejo es una catarsis, un acto de contrición, una manifestación del instinto de supervivencia y una acción de justicia cuando quemamos, en efigie, a los malos gobernantes. Quemar al diablo, transfigurado en el virus de la pandemia, es un rito de agudo simbolismo porque representa la liberación de atávicos temores a lo desconocido, el reconocimiento de nuestra contingencia y la confianza en sobrevivir como especie.

El año nuevo ha empezado sin haber quemado un año viejo, sin poder reunirse con la familia, sin habernos librado del miedo y la superstición; todos los días con la noticia de algún muerto cercano y la tristeza de los hospitales llenos. Y, sin embargo, es el año de la esperanza.

La esperanza de una dosis de vacuna que no se sabe cuándo llegará. Las grandes farmacéuticas venderán miles de millones de vacunas a USD 15 c/u. Los gobiernos pagaron por delante para recibir entregas y serán felices trayendo, si es posible de una en una. A su arribo habrá cámaras, periodistas y políticos ansiosos por cumplir al menos esa promesa.

Será el año de la esperanza para los emprendedores que vieron arruinar su negocio, para los trabajadores que perdieron su trabajo, para las víctimas del virus que salvaron su vida, pero deben recuperarse de sus secuelas; de esperanza para los que vivían del turismo, del entretenimiento, del deporte y esperan de vuelta las avalanchas de aventureros, curiosos, aburridos del mundo, que se sienten encarcelados en su continente.

Es el año de la esperanza en la regeneración de la civilización y la cultura. La civilización del ocio no sabe vivir sin entretenimiento, la cultura del hedonismo no ve posibilidades de supervivencia en el aislamiento y el miedo. La sociedad del bienestar ya no tiene propuesta; después de la pandemia está condenada a repetirse si no es capaz de inventar. Repetirse hasta morir no es aspiración humana, lo que nuestra civilización reclama es la invención de un nuevo modo de vivir.

El futuro luce riesgoso, pero nos obliga a cambiar y hacer las cosas diferentes y ese cambio nos ofrece la oportunidad de algo nuevo y mejor. El año 2020 ha tenido muchas cosas malas, incluyendo la pandemia y la política, pero, incluso la crítica a la política supone el deseo de cambiarla para mejor porque siempre se puede quemar al diablo como año viejo y empezar a hacer el bien.

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