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Lógica y retórica

La política no se lleva bien con la lógica, aquella parte de la filosofía que estudia las leyes y las formas del pensamiento que llevan al conocimiento de la verdad y del error. El fuerte de los políticos no es la filosofía; es la retórica, el arte de persuadir. Aristóteles la define como “la facultad de considerar en cada caso lo que puede ser convincente”.

La retórica no se preocupa por el rigor de los razonamientos ni por esclarecer la verdad de algún asunto; se preocupa de que su mensaje sea persuasivo y convincente y para ello basta que se presenten los hechos como verdaderos o como probables. Muchos reconocen la elocuencia del presidente de la república, se dejan seducir por ella; pero otros critican la falta de rigor en sus expresiones y, a veces, falta de correspondencia con la realidad.

En el último enlace sabatino nos sorprendió con un argumento “ad verecundiam”; así se llama una falacia lógica y un recurso retórico que consiste en refutar un argumento aludiendo al prestigio de la persona que lo sustenta. Dijo el presidente que el director del hospital de la policía había pretendido hacer quedar como mentiroso al presidente porque había dicho, en entrevista a un canal internacional, que el primer mandatario nunca estuvo secuestrado. “Yo soy el presidente de la república, pedazo de majadero, tú eres mi subalterno y no puedes estar, por tus intereses y odios personales, tratando de hacer quedar como mentiroso a quien es tu jefe”, le dijo en la cadena.

La lógica exigiría que se pruebe cuál de las afirmaciones, si la del jefe o la del subalterno, es la que corresponde a la realidad, para determinar quién miente. Aceptar el argumento ad verecundiam equivaldría a proclamar que el jefe, todo jefe, goza de infalibilidad.

Lo más grave de este equivocado razonamiento es que el él sustentó el presidente la decisión de exigir “que se le destituya inmediatamente de la dirección del hospital y de la policía nacional por conspirador, mentiroso y además que sea juzgado por la fiscalía”. La lógica exigiría que sea a la inversa, primero el juicio para determinar si es culpable o inocente y después, sólo después y sólo si es hallado culpable, que sea sancionado.

Desde el punto de vista de la retórica ha sido persuasivo y convincente para sus partidarios. Desde el punto de vista de la lógica creo que fue lamentable. Cuando escuchaba la cadena no sabía siquiera si hablaba de la misma persona porque decía que había puesto candado en la puerta para que no entre, más adelante que no sabía ni cómo se llamaba el “tipejo” y luego añadió: “me pregunto si estuvo allí, incluso”.

No digo que el director del hospital es inocente o culpable, si ha mentido o ha dicho la verdad, solo digo que el argumento ad verecundiam es una falacia lógica aunque tenga eficacia retórica. El ministro del interior y el fiscal parece que han sido seducidos por la retórica y no van a reclamar lógica.

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