Juan Valdano

De Lincoln a Trump

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Miércoles 09 de enero 2019

jvaldano@elcomercio.org

“¡Oh, Capitán, mi Capitán!”. Así comienza la oda que Walt Whitman escribió en 1865 en honor del presidente Abraham Lincoln con ocasión de su muerte a manos de un fanático esclavista. Cuando aún persistía la lacra de la esclavitud, Lincoln recordaba a sus compatriotas que los EE.UU. se habían fundado como “una nación concebida en la libertad y consagrada en el principio de que todas las personas son creadas iguales”.

Por entonces, políticos e intelectuales de América y Europa (Tocqueville y Emerson, entre ellos), estaban convencidos de que los EE.UU., gracias a su constitución política y al temperamento de sus ciudadanos, harían factible la construcción de una sociedad próspera y moderna, sustentada en el respeto de los derechos individuales. Lincoln era consciente de que su país había surgido con un claro designio histórico: demostrar que la constitución norteamericana y el sistema republicano diseñado en ella harían factible la realización de un régimen equilibrado y participativo; esto es, que pondrían en marcha el ideal de la democracia entendida como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, tal como él magistralmente la definió en Gettysburg.

Luego del hundimiento de las viejas monarquías europeas, la democracia norteamericana se constituyó en el modelo de lo que debía ser una república moderna. Sustentada en los principios de un liberalismo político e inspirada en la filosofía ilustrada de la división de los poderes, la constitución de los EE.UU. fue considerada como un documento pionero que hacía posible el funcionamiento de una democracia representativa y directa.

A partir de 1860, la personalidad de Abraham Lincoln ha sido un imán que ha inspirado la historia norteamericana. Quienes lo conocieron hablan de un hombre lacónico y ponderado, magnánimo y astuto. Dos cualidades de su personalidad definieron su gobierno, resumieron su vida: honestidad y solidaridad. Esto lo llevó a poner a prueba su vida con el fin de hacer valer sus principios humanitarios: la libertad de los esclavos, la defensa de los derechos civiles de los negros.

Si Lincoln es recordado por la defensa de los DD.HH. y por ampliar la comprensión de la libertad, Donald Trump en cambio, empinado en su ego y desfasado de su tiempo, pretende hoy “volver grande a los EE.UU.” apelando a la exclusión, al miedo y al fanatismo y estigmatizando a grupos sociales por su raza, nacionalidad, identidad, sexo o religión. Sustituir la verdad con sucedáneos fraudulentos o posverdades es hacer del engaño una estrategia política y de la política una actividad demagógica. Trump bien haría en recordar a Lincoln quien dijo: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.