Susana Cordero de Espinosa

Juego, solamente

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Martes 14 de agosto 2018

Veintinueve años: empezábamos a sentir que pasó la juventud, vivida entre la ilusión de encontrar un porqué de la existencia y un sentido a nuestro afán, el don enorme de la literatura y el inmenso, de gozarla; los amores adolescentes y los juveniles que contribuyeron, sin que nos diésemos cuenta, a dotarnos de confianza en la existencia. Tuvimos el anhelo de paliar toda injusticia, junto a una dolorosa sensación de impotencia. Vivíamos urgidos por un tiempo que no podíamos perder… Pasaron el tiempo aprovechado y el tiempo perdido; en el recuerdo, las vivencias que nos dejaron libros, películas, maestros, y el resultado de decisiones como el matrimonio y la paternidad que rubricaron nuestra vida y no nos abandonarían. Todo, envuelto en íntima alegría, casi genética, inexplicable en apariencia. Ha habido y los hay aún, momentos de dolor, asumidos, sin embargo, como en íntimo gozo, en la certeza casi agustiniana que el santo expresaba así: ‘Dios es más interior a nosotros que nosotros mismos’… En ese escenario, se hallan las vidas de los que amamos y estuvieron cerca; las de los que amamos y están lejos o se fueron ya, y el fluir de la multitud anónima que queríamos feliz: si la felicidad maciza no existe, desearla a los desconocidos, a los solos, era como amarlos. Dejémoslo aquí: ‘No la toques ya más, que así es la rosa’, escribió Juan Ramón.

¡Tan distintos los veintinueve de hoy!: Velocidad y urgencia creen añadir vida a la vida; rentas y consumo, inútil pretensión de que el dinero y las cosas nos hagan felices; apetencias, satisfacciones sin límite… Veintinueve años los de ese hombre ‘roto’ que todo lo aprendió en pantalla, en juegos electrónicos, y que parecen equivaler a cientos de los que nosotros vivimos. No, por supuesto, en intensidad, pues velocidad y atiborramiento son lo opuesto a penetración y mesura: lo intenso interno es lento, profundo, reflexivo, callado.

Los veintinueve años de hoy cuentan con, al menos, diecinueve de videojuegos y con las ‘infinitas’ posibilidades de la red, abiertas a velocidad de un clic. Internet es tentación, acoso, rastreo, exploración y batalla cuyo maligno atractivo no hay policía interior que ayude a vencer. En ella, todos se dan el gusto de odiar abiertamente, de insultar a mansalva, de poner su ‘opínión’ en ‘me gusta’ ‘no me gusta’. No acudir a la computadora y resistirse en ella a Twitters, hotmails, googles, Facebooks y otras hierbas es acto de cotidiano heroísmo.

¿De dónde surge en mi recuerdo la cálida exhortación que insistía en que aspiráramos a vivir en intensidad lo que la vida, ineludiblemente, nos negaría en extensión?

Y he aquí que a sus veintinueve, Rich, ‘roto’ por propia confesión, eligió el viaje, conforme lo aprendió en los videojuegos. Todo estaba organizado: pilotar el avión, piruetear en el aire deseando que los suyos ‘no sufrieran’ y estrellarse, como culminación, por momentos, temida, por momentos, deseada. Todo incluido en el juego, hasta la muerte.