Monseñor Julio Parrilla

Libertad de prensa

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Domingo 21 de agosto 2011
21 de August de 2011 00:03

Yo deseo un periodismo libre y democrático, responsable y participativo y, por tanto, susceptible de responsabilidades conforme a la ley y al derecho internacional. Por eso me molesta este proyecto de ley preventiva, cocinado en los fogones de la trastienda del poder.
La historia nos enseña que todo puede empeorar. Nos lo recordaba Groucho Marx, profeta menor de la vida cotidiana y de un cierto humor ácido. Pero también la historia nos muestra la capacidad del hombre para luchar por la justicia y comprometer su vida con la verdad.

En esto, creo que la prensa libre juega un papel fundamental. Cierto que los periódicos pueden resultar incómodos: manchan las manos con su tinta fresca y, a veces, también las conciencias... Quizá porque un periodista no solo es el mediador entre el lector y la realidad, sino un filósofo de urgencia que trata de explicar el porqué de las cosas y también sus consecuencias.

Sin duda que no todo es tan puro y que la Prensa necesita recuperarse permanentemente de sus propios excesos y servidumbres , incluidos sus intereses privados o públicos, pero de eso a coartar la libertad de expresión va un abismo. Cuando la libertad está amenazada, yo siento que tengo derecho a tener derechos y, aunque la prensa llegue a irritarme con sus noticias sesgadas, siento que la prensa es un cauce esencial para transformar a las personas en ciudadanos responsables.

Una prensa vendida a los intereses del mercado, amarillista e inmoral es un auténtico flagelo. Pero una prensa controlada desde el poder nos hará bobos, sin capacidad de reacción ni de análisis, meros espectadores de los fracasos del pasado, en esta noria política que siempre mantiene la distancia entre el ardor de los discursos políticamente correctos y la realidad. Mi tía Tálida, azote de predicadores, solía decir que "una cosa es predicar y otra dar trigo".

Vivimos tiempos difíciles, de confrontaciones evidentes y soterradas, y la gran tentación es imponerse aunque sea a costa de la ley y de la moral. Sin embargo, nos guste o no, un país va a la deriva cuando las leyes de la política o del mercado son más fuertes que la ética y el derecho. Siento que esta tendría que ser nuestra gran preocupación. El espectáculo político del momento mantiene los viejos tics de la partidocracia: parece que todo vale, con tal de mantenerse en el poder o derribar al enemigo. Si la nueva ley dejase a la Prensa fuera de juego, todos quedaríamos mudos. ¿Es eso lo que se pretende?

Nelson Mandela, paladín de la libertad en una Sudáfrica oprimida y luchadora, soñaba encerrado en su celda con los nuevos cielos
y la tierra nueva... Es el sueño más cristiano y más humano que el hombre pueda tener. Cuando la política pierde el horizonte ético, el valor de las utopías y el sentido de la fe se convierten en un instrumentos más de dominación y de domesticación. Al final, en medio de las tensiones hay que apostar por todo lo que nos hace humanos, libres y dignos. Así lo siento desde mi fe cristiana y la conciencia social que de ella me nace.