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Libertad, igualdad...

Fraternidad. En esta consigna de la Revolución Francesa se suele reconocer el legado democrático y republicano de las revoluciones modernas. Frente a ella se miden los límites de las formas políticas modernas, del liberalismo y el socialismo, aun del marxismo.

¿Qué se ha de entender por fraternidad? ¿Acaso la “comunidad de sangre y suelo”? Por esa vía se cierran las fronteras, se expulsa o se liquida al extranjero. Se acaba en el nazismo y la limpieza étnica.

O la “fraternidad” engloba a todos los seres humanos, reconociendo y respetando diferencias, o deriva en racismos, nacionalismos y fundamentalismos religiosos. Frente a la fraternidad, cabe más bien optar por la hospitalidad, con todos los riesgos que implica abrir puertas al extraño, al extranjero. La relación entre libertad e igualdad no ha sido menos problemática y, en ocasiones, funesta. ¿Qué se ha de entender por libertad? ¿Quién es su sujeto? ¿El individuo? ¿Todos los individuos? Sociedades abiertas, individuos libres: se supone que en este horizonte liberal se respetan las libertades de pensamiento, expresión, de creencias religiosas y opciones políticas. El horizonte liberal es el de los derechos humanos. ¿Hasta qué punto se cumplen tales derechos para todos los miembros de cualquier sociedad?

En el ámbito de la economía, el viejo liberalismo pereció al desembocar en los monopolios. El ideal de “dejar hacer, dejar pasar”, de libre empresa, dio paso a las grandes corporaciones, las trasnacionales, e incluso a lo que hoy llaman “financiarización” de la economía. El liberalismo económico ha ido a dar en un anarquismo en que el debilitamiento del Estado permite el saqueo de las sociedades, como muestra la actual crisis. ¿Acaso no hay un antagonismo irresoluble entre liberalismo económico y derechos humanos?

El liberalismo político nunca pudo resolver la cuestión de la igualdad. Aun la supuesta “igualdad de oportunidades” y la “meritocracia” atentan contra la igualdad, pues la desigualdad social proviene de la cuna. La lucha por la igualdad social, que no implica la anulación de la individualidad sino su reconocimiento, ha sido el núcleo del socialismo, del feminismo, de la lucha de las minorías étnicas.

El socialismo revolucionario no supo desarrollar la democracia, coartó las libertades, terminó en el estatismo y el autoritarismo. Y con ello sucumbió también la lucha por la igualdad social. La socialdemocracia, por su parte, allí donde alcanzó el “estado de bienestar”, no ha podido resistir los embates del capitalismo. Hoy vemos en Europa cómo crece la desigualdad y la exclusión (millones de personas sin trabajo, sin seguridad social).

¿Cómo avanzar en las libertades más allá del liberalismo, cómo avanzar en la lucha por la igualdad desde los escombros de los socialismos? Talvez se necesite otra política.