Marco Antonio Rodríguez

Lenguaje y populismos

valore
Descrición
Indignado 1
Triste 0
Indiferente 3
Sorprendido 2
Contento 44
Sábado 12 de enero 2019

El lenguaje –sobre todo el político– es proclive a corromperse día tras día. Las ideas que deben manifestarse se tornan difusas, sea por torpeza, sea por maledicencia. George Orwell, en 1984, nombró Ministerio de la Verdad al del embuste y adosó a sus personajes un doble lenguaje (double-talk). La tortura se llamó “interrogatorio intenso”; las coerciones en masa, “operaciones pacificadoras”; las dictaduras movilizadoras de muchedumbres, “democracias directas” (Sartre dixit de la cubana), o la ocupación de países por el ejército soviético, “internacional socialista”…

La palabra “carisma” designaba la gracia con que los santos de la cristiandad eran ungidos por la voluntad de Dios. Max Weber la aplicó a los políticos con atributos para imantar a las masas y en esa connotación fue consagrada con el tiempo. La mayoría de líderes y lideresas que registra la historia exhiben personalidades turbulentas y malsanas. Suetonio sentenció: “Todos los emperadores y generales nacieron con almas viciadas”.

¿Existe una definición inequívoca de populismo y cómo este actúa? En líneas generales, no. El populismo es un entramado difuso que puede acaecer en cualquier ámbito político y pasa por formas impredecibles. Populismos de reciente data, entre otros: Venezuela de Chávez y Maduro, Nicaragua de Ortega, Argentina de los Kirchner, Ecuador del correísmo, Libia de Gadafi, Inglaterra de Thatcher…

Como palabra, el populismo apareció en Roma y abarcó a grupúsculos conducidos por líderes de extracción popular, contrarios a los patricios enquistados en las cúpulas del poder. Si la política emergió desde que hubo gobernantes y gobernados, el populismo se difumina en el tiempo. La palabra “populismo” ha cobrado inusitado auge en los últimos decenios por el colapso de la democracia y la aparición de regímenes extravagantes, bajo la égida de líderes con delirios redentoristas.

Escuchar a los Ortega, los Maduro, los Correa, los Kirchner en nuestra América, las peroratas intelectualoides de los dirigentes de Podemos, o las intervenciones oráticas de MacDonald Trump en el imperio norteamericano, es un martirologio que no merece la humanidad. Vaciedades, escarnios, desvergüenzas… ¿Por qué se han instalado estos regímenes? Por la insofrenable evanescencia de la democracia como sistema político. ¿Qué vendrá después de la democracia? Pienso que no hay científico social o autor de ciencia ficción que pueda responder este interrogante.

Quizás arriben, vía redes sociales, desde el repositorio de las ‘nubes’, gobiernos unipartidistas cuyos postulados axiales sean la marginalización de los opuestos, la corrupción como moneda corriente (abolición de libertades y controles), megalómanos alucinados –dignos postulantes de manicomios galácticos–, como el caso del autócrata que devastó Ecuador en la década extraviada.