24 de February de 2011 00:00

Laicismo y religión

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Que el dogma quiere moldear la realidad según su imagen nos lo recuerdan los países con regímenes islámicos. Hay momentos en que los seres humanos buscan más ritos y fe, otros en que hay más búsqueda de razón. En las religiones y sus prácticas hay también ciclos y tendencias. Hay momentos, entonces, en que los creyentes quisieran que la realidad correspondiera a su credo. Sin embargo, si al frente hay otra fe, las contradicciones pueden llegar y con ellas los enfrentamientos. Los expertos nos recuerdan que las guerras que más han durado y más cruentas han sido, tuvieron la religión de por medio: moros contra cristianos, católicos vs. protestantes, creyentes vs. no creyentes, matanzas o crueldades contra los que no estaban en la línea predominante de una determinada Iglesia... Por siglos, millones han muerto en estas guerras o persecuciones; se ha torturado al punto en que varios prefirieron un poder absoluto, si este garantizaba seguridad y un derecho igual para todos. No más religión en el Estado fue la solución. El laicismo nació frente a la tendencia del clero y ciertos fieles a imponer sus posiciones. La sociedad creó defensas contra el dogmatismo, y comprendió que era mejor la convivencia de los credos, el pluralismo, la tolerancia mutua y la separación de la religión del Estado; este debía actuar sin seguir ninguna religión. A la postre, los creyentes vieron que era mejor que el Estado no se inmiscuya en la religión y fue aun mejor que el Estado estuviera distante de toda creencia e inclusive culturalmente distante de los dogmas, pues el Estado debía encarnar a todos. La religión tiende a fijar valores y comportamientos, como lo hizo frente al rol de la mujer o de la ciencia. Pero la sociedad evoluciona más rápido e incorpora cambios y el Estado se debe a la sociedad.

Sorprende que Correa, quien hiciera campaña por el Estado laico, metiera por la ventana a la religión en la Ley de Educación, como lo hizo Durán Ballén. La Asamblea lo ha corregido; buena muestra de que la defensa del laicismo requiere ser permanente. Es la base para evitar conflictos inútiles y el renacimiento del dogma contra la razón. La sociedad debe ser pluralista y el Estado garantizar la tolerancia. No es el Estado el llamado a garantizar los dogmas, y menos difundirlos, como lo habría hecho a través de las clases de religión; las creencias son propias de cada cual y es responsabilidad de cada cual vivirlas o transmitirlas a sus hijos. Construir pluralismo y tolerancia no es sólo necesidad de convivencia, es decisivo para la vida política; después de todo, el fanatismo ideológico es primo del dogmatismo religioso. Estos comportamientos se mezclan; no por azar los que han sido dogmáticos religiosos, terminan siendo fanáticos ideológicos.

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