Monseñor Julio Parrilla

Un excelente negocio

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Domingo 06 de enero 2019

Me refiero a la corrupción. Y, por favor, no me vengan con moralinas. Olvídense de valores y de principios, de reglas morales y de éticas arcaicas y obsoletas. Robar merece la pena. Claro que hay que correr riesgos, pero el tanto por ciento de los fracasados e inútiles que acaban siendo trincados por la ley apenas son relevantes. Todo negocio tiene su margen de fracaso y, a la postre, cada cual tiene que aprender a nadar y a guardar la ropa.

Desde que el mundo es mundo la corrupción acompaña al ser humano, quizá por eso está tan extendida y nos parece tan normal. Antes que juzgar a un corrupto (se le juzga cuando ya no queda más remedio o, quizá, cuando el cambio político exige un lavado de fachada), se le admira y envidia. ¡Él sí que sabe! ¿Acaso beneficiarse del esfuerzo ajeno no es un signo de inteligencia?

Lamentablemente, la corrupción se ha convertido en uno de los signos que engrandecen y encumbran al hombre. Sentimos inquietud por la riqueza ajena pero, desde niños, nos acostumbramos a admirarla y desearla por el rabillo del ojo.

Lo triste es que, más allá del medro personal, familiar o de grupo, la corrupción se convierte en un cáncer que destruye conciencias, personas, sociedades y pueblos. Lo peor no es el dinero que se roba (una cuantía misteriosa y discutible), sino la subcultura que se va creando y metastizando a todos los niveles del espectro social. Pareciera que la coima (una de nuestras instituciones más extendidas y con mayor solera) formara parte de nuestra piel. El resultado evidente es dramático: No somos tan buenos como aparentamos; no tenemos instituciones fuertes que fiscalicen; millones y millones de dólares se pierden por los sumideros del te doy si me das. La consecuencia es clara: los ricos son siempre más ricos y los pobres más pobres.

El régimen anterior dejó una estela putrefacta de demandados, sentenciados, encarcelados y huidos de la justicia. Pena me da. Sobre todo por el reguero de miserias que deja en evidencia y por lo que inevitablemente conlleva, tiranías sin cuento capaces de encubrir todas las vergüenzas (ni una coma le quito al artículo de Simón Espinosa, publicado en EL COMERCIO la semana pasada). A pesar de todo, siento que en este tema el mundo (y nuestro pequeño mundo ecuatoriano) caminan a paso de tortuga, trabados y recelosos a la hora de hacer cirugías. No sé si son todos los que están, pero es evidente que no están todos los que son.

Me pregunto qué tendrán en la cabeza, en la conciencia y en el corazón los miles de decenas de candidatos seccionales. De la inmensa mayoría no sabemos ni lo que piensan. Sería terrible que, sobre cualquier otra preocupación, prevaleciera la ambición del negocio y del dinero. A ellos les repito lo que mi tía Tálida decía a las empleadas cuando le sisaban los reales: “Ay, hija, nunca serás tan rica como sueñas, pero seguirás igual de burra”.