Grace Jaramillo

Aprender la lección

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Domingo 21 de abril 2019

El canciller José Valencia no es feminista. Si lo fuera, habría cancelado el asilo y la ciudadanía de Julian Assange ni bien asumir el cargo. Bastaba recordar que lo único en firme contra él eran dos mujeres en Suecia acusándolo de abuso sexual. En todo esto, ellas fueron las únicas que se quedaron sin fórmula de juicio, ni siquiera con el derecho al escrache que da el #Metoo, porque las escrachadas fueron ellas, al ser acusadas por todo el mundo, incluyendo el ex canciller Patiño, de ser nada más que piezas del ajedrez de EE.UU. No se asusten, mi primera frase es apenas un recurso retórico para poner en perspectiva lo de fondo: Lenin Moreno siguió hipotecando la política exterior a Assange por dos años más. Y el Canciller empezó a jugar la trama de Penélope de la política ecuatoriana.

Pero el primer canciller profesional en más de una década debió actuar rápido y no esperar la relatoría, de la relatoría, de la opinión consultiva para actuar. Un canciller no es ni abogado de derechos humanos, ni consejero litigante. Si fuera así, la política exterior la ejercería el procurador general del estado y no el canciller. O para poner una analogía histórica, Dean Acheson habría escrito “Presente en el litigio” y no “Presente en la creación” del nuevo orden internacional de posguerra.

Los cancilleres están para tomar decisiones firmes y a veces muy rápidas en defensa del interés nacional, que es el conjunto de prioridades y valores que forman la comunidad a la que representa.

Esto significa sopesar constantemente el costo-beneficio de sus acciones y las consecuencias de ella para grandes conglomerados humanos –primero del propio país- pero también de la comunidad internacional y; en muchas ocasiones, sacrificar los derechos de unos pocos por los de las mayorías. El costo de tenerlo en la embajada no fue solo su manutención, sino todos los millones de inversión extrajera directa, cooperación internacional y exportaciones que dejaron de hacerse por siete años de irrespeto a las leyes de sus pares -el Reino Unido y la UE- que nunca aceptaron la figura de asilo que quería imponerles Ecuador. Eso sin contar con el memorando de entendimiento para que vuelva la cooperación de EE.UU. en manos del Canciller desde septiembre, supongo para no ser acusado de “vender a Assange” a los EE.UU. ¡Cuántas familias pobres del Ecuador pudieron beneficiarse de esa cooperación; cuánto tiempo perdido por una novelería del correato!

Y más allá de las fronteras nacionales, ¿alguien se ha puesto a pensar que gracias a que Assange ayudó a elegir a Trump, miles de niños latinoamericanos son separados de sus padres al cruzar la frontera, sus padres apresados sin fórmula de juicio y compatriotas nuestros muertos de miedo por redadas racistas? Como ven, el hacker más famoso tuvo más derechos que muchos, aunque algunos insistan en creer cuentos de conspiraciones imperiales. Ojalá aprendamos la lección.