Milagros Aguirre

El juicio del siglo

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Jueves 05 de enero 2012
5 de January de 2012 00:01

Dicen que había un hombre tan pobre, tan pobre, que solo tenía dinero. Don Dinero. La manzana prohibida. El día que le pusieron precio a un parque nacional, se acabó el idilio, se acabó el paisaje romántico, se acabó el puro amor por la naturaleza.

Ese día, la selva se volvió un bosque de intereses del que ya nadie puede escapar. Hoy, la disputa por quien da más, quien gana más, quien va a perder más, cuenta más que los atardeceres rojos, cuando el sol cae sobre el río Napo. Más que las enormes samonas o los colores que los árboles de jacarandá, que le dan destellos de luz al verde y monótono paisaje. Esos, no tienen precio.

En el juicio del siglo, el que acaba de perder Chevron en una segunda instancia, se juega ya no la justicia, que ha hecho lo suyo, levantando, desde hace 18 años, al menos una sanción moral, no solo a la empresa transnacional, sino a la socia ecuatoriana, cómplice también de dejar la brea del petróleo en los esteros y en los ríos.

No será así. Seguramente ya hacen cuentas. Seguramente el dinero, si llega a ser verdad, será manzana de la discordia, de la envidia, del encono, de la división entre las comunidades, de la mezquindad.

Sea como sea, el juicio del siglo ha puesto varias cartas sobre la mesa. Sin duda, la más importante: se ha vuelto un referente sobre lo que la industria hidrocarburíferas no debe hacer. Gracias al juicio, cambiaron las leyes ambientales en el país. Gracias al juicio ninguna compañía se atrevería a hacer hoy, lo que se hizo en la década de los setenta y ochenta (¿o sí?). El juicio ha destapado algunas mezquindades, ha puesto en escena algunos deslices de la política y de los aparatos de justicia, ha puesto contra la pared a algunos funcionarios y también a algunos dirigentes. La historia del juicio es, por un lado, la historia de los justos reclamos y la historia de no pocas corruptelas. El juicio del siglo destapó, también, lo peor de cada casa.

La sanción moral ya está dada. Pero hoy se juegan la plata y el poder. El Don Dinero. Una cifra que suena imposible de cobrar. Una cifra que suena imposible de pagar. Una cifra que suena imposible de gastar. Una cifra con la que los humildes campesinos, indígenas, afectados por los desastres causados pudieran comprar uno, dos, tres, cuatro, parques nacionales. Y protegerlos. Y mimarlos. Y cuidarlos. No sería mala la apuesta, digamos que hasta sería coherente con los principios, tan repetidos, del buen vivir, la conservación, el amor por la naturaleza: ir, con los costales de dinero pagados por las injusticias cometidas, por el agua y los esteros que se tiñeron de petróleo, y comprar lo poco que queda del parque, garantizando el derecho a la tierra y el derecho al agua. Así la historia del juicio del siglo, tendría un final feliz.