Alfredo Astorga

Jugadores nocturnos

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Martes 05 de noviembre 2019

Son casi las 2 de la mañana. Varios niños de 10-11 años despiertan como sonámbulos. Es la hora del videojuego más popular. Se han citado varios compañeros de la escuela para jugar en grupo. No es la primera noche. Desde hace un par de meses la rutina se repite. No importa el tiempo del descanso.

El juego que convoca es Fortnite, lanzado en 2017 y en mejora constante. Un juego “inocente”: estrategias, desafíos, competencias, sobrevivencia. Es el juego de los juegos y llega a 200 millones de usuarios. Se juega solo o en equipos cooperativos. Su diseño es muy atractivo, es fácil de maniobrar, es gratuito y se puede jugar desde cualquier equipo electrónico. Una tentación irrefrenable… Algo a tomar en cuenta: el juego gira alrededor de armas, guerreros, violencia, sometimiento, muerte... en dibujos animados.
El problema no está en el juego en sí sino en las conductas adictivas que puede generar. Adicción como alcoholismo o drogras. Como búsqueda imperiosa de recompensa. Como deseo incontrolable de consumo. La Organización Mundial de la Salud considera la dependencia a los videojuegos como adicción. Patología.
La principal expresión de esta adicción es la presión por jugar super concentrado el mayor tiempo posible: aula, recreo, casa, transporte. De frente o a escondidas. A costa de tareas, aprendizajes, relaciones, afectos, sueños. Y la gratuidad es una falacia porque se induce a comprar accesorios para los personajes y alcanzar la máxima identificación personal.

Llega un momento que esta adicción – como otras - deteriora la calidad de vida, con expresiones en la escuela, la familia y el entorno. Los síntomas que ya se detectan son dispersión, ansiedad, ensimismamiento, soledad. Tendencias discriminatorias contra lo no jugadores también crecen. Y lo peor: pueden colarse adultos desconocidos con propósitos impresentables.
El Fortnite ya está entre nosotros. Muchos adultos y figuras públicas han ayudado a posicionarlo. Satanizarlo puede ser contraproducente. Lo que se demanda es acompañamiento de adultos. Y límites. Para niños y adolescentes, se precisa seguimiento, reducción del tiempo de exposición. Y lo más relevante: estímulo a otras actividades (música, deportes), socialización, juegos al aire libre. Si el niño no tiene alternativas, será presa del juego adictivo.

La historia inicial no es cuento. Es un caso ocurrido en un colegio de Quito, pero hay muchos más. Cualquier niño puede ser afectado, pero lo son más los chicos con deficiencias en habilidades sociales.

No está demás preguntarnos por el valor de regalar aparatos electrónicos a edades tempranas. No está demás averiguar si el famoso juego entró ya en la vida de los hijos. No está demás tomar en cuenta si las interacciones directas han disminuido o se ha virtualizado la vida cotidiana…
Tenemos que evitar que este fenómeno cultural nos succione a todos. Incluso en las madrugadas.