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Allí donde América termina…

Allí donde América termina se extiende la Patagonia argentina, territorio inmenso, mítico y despoblado. Luego de descender del avión en Bariloche, lo primero que atrapó nuestra vista fue la espectacular barrera de nevados que se elevan al oeste. Adentrarse en la Patagonia, recorrer sus caminos es un permanente llamado a la aventura. La variedad paisajística y geológica que ofrece esta región del planeta apabulla al visitante: carreteras que cortan espesos bosques; senderos secretos que se abren a un lado y otro del camino e invitan a la errancia; lagos de inigualable belleza y en cuyo seno albergan pequeñas islas; la vastedad de los desiertos y los horizontes infinitos; los caminos que, al parecer, conducen a los bordes de la nada, al misterio. Y más allá, en el extremo Sur: los preludios del implacable cielo antártico, los eternos glaciares de un azul eléctrico.

El estupor y un sentimiento de grandiosidad acaparan al viajero. El paisaje es un poema; la geografía, como nunca, un discurso de estética. La plenitud del cielo y la sensación de lejanía convergen en la mirada, calan en el espíritu devolviéndonos la conciencia de nuestra soledad y pequeñez. Tierra de nómadas y aventureros, la Patagonia es magia y leyenda, ámbito de la hipérbole y la desmesura. Así la vio Magallanes en 1520 cuando por primera vez llegó a ella y luego de intercambiar con el sorprendente pueblo que la habitaba, los Tehuelches, la bautizó como la “Tierra del pata grande”, del patagón.

San Carlos de Bariloche es una ciudad relativamente joven, fundada al inicio del siglo XX cuando los caminos hacia la Patagonia recién se abrían y si la juzgamos por su arquitectura, con una fuerte presencia europea. Se halla ubicada en la orilla sur del lago Nahuel Huapi y de cara a la cordillera de los Andes que muestra, como dije, un grandioso espectáculo de nevados que se miran en la tersa superficie del lago.

Subir en aerosilla a la cumbre del cerro Campanario y gozar de la privilegiada vista que desde allí se ofrece, bordear en coche el lago Nahuel Huapi que se alarga por cientos de kilómetros, hacer un alto en el famoso Hotel Llao Llao y degustar de sus delicias gastronómicas, continuar por la Ruta 40 y avanzar hasta La Angostura, ciudad de las flores, los chocolates y las artesanías es experiencia inolvidable. La Ruta 40 es la más emblemática carretera de Argentina; nace en el confín más austral de la Patagonia y termina 5.194 km al norte, en Bolivia. Si para Domingo Sarmiento, un civilizador del siglo XIX, “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”, hoy, la vastedad de sus territorios es su mayor riqueza.

Si viajar es ejercicio provechoso, el viaje es un camino para ampliar la mente, entender el mundo y la infinita variedad de lo humano, en definitiva, un medio para llegar a conocerse a sí mismo.