Alfredo Negrete

No será un 'jogo bonito'

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Jueves 18 de octubre 2018

Tampoco una mezcla de la samba o de capoeira, ese arte casi marcial de mucho arraigue popular; lo del Brasil político , es otra cosa. Una primera lectura concluiría que fue una revancha contra el populismo – seudo socialismo del Partido de los Trabajadores- liderado por Lula; que, de participar tenía el triunfo asegurado. Esto significaría que antes de la contienda no había una polarización política ni ideológica, sino de confrontaciones de figuras emblemáticas para liderar un escenario nacional – increíble en una potencia como Brasil – con tres indómitos caballos del Apocalipsis: inseguridad, corrupción y ausencia de un rumbo nacional concertado.

Un segundo aspecto supone que se trata del triunfo de los sectores ubicados en la derecha y en el extremo de este sector. Es difícil sostener esta hipótesis, pues el mapa electoral de ese país es muy volátil y no ideológico por urbes, regiones y hasta por razas. La primera vuelta presenta como ganador a un extraño y fanático político que por voluntad popular representa más de la mitad de los electores frente a los perdedores que son una gran minoría con la que, para gobernar, será necesario dialogar y acordar, antes que la opción sea una ruptura constitucional y se regrese a los tiempos de la dictadura de 1964.

En Brasil se está jugando la opción de mantener los marcos de la democracia bajo la conducción de un líder o mesías con la capacidad de acometer con los inmensos retos del futuro de una potencia mundial. Por eso, si no se logra una concertación con la casi mitad perdedora, la dictadura será el plato de entrada para los extremistas políticos, económicos y religiosos. Siempre hay que recordar la tragedia de Salvador Allende y de Chile.

Luis Tonelli de La Nación de Buenos Aires hace un preciso resumen de las razones del triunfo en la primera vuelta: “Por el lado de la política concreta, Bolsonaro basó su acuerdo en lo que se conoce en Brasil como las tres B: buey, Biblia y bala. Es decir, con la dirigencia política ligada a los terratenientes agrarios (luego de que el caso Odebrecht dejara mal parada a la poderosa burguesía industrial brasileña), con la extendida red de líderes de las iglesias evangelistas activados contra la “ideología de género” y, por último, encaramándose como candidato de la “mano dura” y de las Fuerzas Armadas y de seguridad”

La experiencia de Brasil no es asimilable al Ecuador. En el país de la mitad del mundo no existe una confrontación regional como la del Sur rico e industrial con el pobre Nordeste brasileño. Respecto a la corrupción, la percepción pública está focalizada en la década pasada y no llega a las magnitudes del “lava jato” ni de Odebrecht, a pesar de la justificada mala fama de la clase política nacional. Es verdad que el Ecuador electoral se encamina hacia una victoria de líder del PSC en la primera vuelta, pues no hay ningún Lula preso o libre que pueda llegar a una final; sin embargo, no hay que confundir el despertarse con el amanecer.

anegrete@elcomercio.org