Diego Pérez

Janis mortal

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Domingo 29 de julio 2012
29 de July de 2012 01:12

Injustamente por cierto, Janis Joplin (1943-1970) suele entrar en el catálogo de sexo, drogas, rocanrol y no mucho más. Es que normalmente se la asocia con los desenfrenados años sesenta, con los excesos y con los vuelos psicotrópicos, con las eras más freáticas del rock, con el legendario festival de Woodstock, con la paz y con el amor.

Gracias a los peligros de la heroína, también forma parte del elenco inevitable de los cadáveres exquisitos del pop, con Jim Morrison, Jimi Hendrix y Brian Jones a la cabeza.

Todo lo anterior resulta prejuicioso y una versión algo esquinada de los hechos. Janis Joplin sirvió, en el fondo, como un eficaz puente colgante entre dos períodos de la música, entre dos épocas que, en gran parte por su feroz talento en bruto, difícilmente se habrían dado la mano con tanta facilidad. Por un lado la Joplin se lució en su calidad de heredera de las grandes cantantes femeninas del blues, como Mamie Smith o Bessie Smith (en cuya tumba puso una lápida), en su papel de fiduciaria de las antiguas tradiciones de la música negra, de cuando el blues era casi sinónimo de una vieja cantina humosa en el delta del río Misisipi. De cuando el blues se entretejía con las otras formas musicales de la vieja África, con el ‘vodevil’, con el ‘góspel’, con el ‘ragtime’.

Lo suyo traspira y exuda cosechas de algodón, calor húmedo sureño y aguas lodosas.

Con sus dotes histriónicos, con su voz apasionada que a veces parece el sonido de un ave rapaz, con su presencia frente al público (a veces parece en trance, a segundos de un ataque de cualquier cosa), con su muerte dramática, casi avisada y excesiva, Janis Joplin también prefiguró los tiempos de las divas, dibujó los planos que luego la gran industria del entretenimiento usó para construir, aunque con más glamour, a las estrellas femeninas del pop. De no haber sido por ella difícilmente entenderíamos a las Madonnas, a las Lady Gagas o a las Whitney Houstons de nuestros tiempos. A las mujeres de la música que pelean en el cuadrilátero contra sus propios demonios y que a veces caen a la lona. En este aspecto Janis Joplin fue, quizá sin saberlo, precursora y pionera de una forma de entretenimiento.

Y aunque sus grabaciones a menudo eran incompletas e irregulares, merece por derecho propio un espacio en la historia de la era dorada del rock. Además, se supone que la presencia de Janis Joplin en el escenario era difícilmente igualable y que, fuera de los ambientes artísticos, era una mujer sencilla y algo tímida.

Ella misma decía que, sobre las tablas, era capaz de hacerle el amor a 25 000 personas, pero que al final de la noche se iba a la cama sola.