Marco Antonio Rodríguez

Jácome, la verdad de un creador

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Sábado 17 de octubre 2020

Enjuto, esquivo, silencioso (recordaba a esos magros luchadores chinos), taciturno y obstinado zapador de sueños y utopías, del magma de su ser se desprendían su pasión, sus saberes, sus búsquedas de la verdad del arte, de la historia, de la vida, Ramiro Jácome (Quito, 1948-2001), uno de los más sapientes y provocadores artistas visuales de los últimos decenios.

En una de las escuálidas casas del barrio de la Basílica, transcurrió su infancia. La sonrisa se le escurría en un vaho de nostalgia por su rostro cetrino, terso, ojos rasgados, y con fraseos entrecortados deshilvanaba historias de carencias y soledades. Nunca reía, sonreía, con un dejo parecido al ensimismamiento del ‘hombre que pasea’ del que habla W. Benjamin.

En su taller hacinaba dibujos, grabados, serigrafías, tintas, pasteles, témperas, acrílicos, óleos. Con estoicismo acataba críticas adversas, en especial, aquella sobre su muestra por los 500 años de conquista: obras de formato heroico en las cuales plasmó su verdad.

En sus inicios ensayó con modelos de grandes maestros. Jácome perseguía las huellas de Rembrandt y Goya con personajes evadidos de las noches quiteñas, absolviendo su obsesión mediante trazos y aguzamientos propios de su poética imponente y convulsa.

La propuesta visual de Jácome madura en pleno auge del idealizado mestizaje de los setenta del siglo XX. Narrativa violenta que involucra al espectador. Repertorio sárdonico contra un régimen en el cual la carencia de porvenir histórico no afecta el nivel de vida ‘exclusivo’ de quienes lo tienen todo; demoledor de los detentadores del poder; desarticulador de mitos, leyendas y costumbres. Íconos y ‘verdades’, excrecencias históricas, deidades religiosas, morales y éticas, caen bajo la galería de sus magistrales esperpentos.

En la matriz de su neoabstraccionismo, instauró la figura preñada de ideología. Todo producto ideológico posee una significación: sustituye algo que se encuentra fuera de él, es decir, aparece como signo. El arte de Jácome es un acopio de signos. Cuestiones que Jácome descoyunta: burguesías cuyo fin último es el comodismo; clerigocracias biendicientes olvidadas de Dios y militarocracias ajenas a los pueblos. Feísmo sin repeticiones ni trucajes. Un sesgo humorístico, vitriólico y un interrogante sobre nuestra realidad social anclada en su maniática propensión de admirar y apropiarse de lo foráneo, se esparce por su creación.

La obra de Jácome: épica alucinada sobre una comarca congelada en el tiempo; el histrionismo del poder, las fruslerías sociales y los soponcios patrioteros, son alimento cotidiano; monumento postulatorio, tremendo y devastador, sin embargo, insuflado de aliento.

“Todo seguirá su curso:/ el agua y el tiempo,/ con un ademán de amor/ el sembrador arrojará la simiente,/ romperá el maíz con su lengua verde/ la tumba de la semilla/ y ya nada será extraño a la vida”.