Marco Antonio Rodríguez

Jacinto y su poesía

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Martes 24 de julio 2018

Columnista Invitado

Peregrino de la luz y la noche, del sosiego y la conmoción, de la plenitud y del vacío, de la presencia y la ausencia, de la vida, del amor y la muerte —en Cuenca resonarán siempre sus pasos y en su campiña los ecos de sus amados corceles—.

Caballero de noble estirpe, creador lúcido y sobrio, Jacinto Cordero Espinosa (Cuenca, 1925) ha escrito en silencio —altivez y llaneza— una de las más luminosas creaciones. La matriz y el entorno donde oficia su poesía son la naturaleza y el ser humano en su camino sin finales. Otear por donde vamos y buscar el más allá de las palabras: la obra de Espinosa Cordero. “Amo tierra/ tus tenaces vendas de madre,/ tu piedra de soledad,/ tu ciega cuna en que me meces”. Espacio-tiempo, aproximaciones y lejanías, rastros que se separan y entrecruzan, los infinitos del ser, únicos y diversos. La función de la poesía de Cordero Espinosa es mostrar los “alimentos terrestres” que nombrara André Gide, pero ansiando lo imposible. Cazador furtivo y solitario, predador de la palabra desnuda y única, y a la vez, evanescente. “Sin ti —le dice a la poesía—/ no oiríamos el rumor del tiempo/ socavar nuestro corazón./ Sin ti no habría amor/ en el hermoso cuerpo de las mujeres,/ Ni existiría la palabra Dios/ con la que nombramos nuestro desamparo”.
Cronista de la peripecia humana, lector infatigable de las huellas que dejamos —inacabables siempre, siempre empezando—, el poeta ha edificado una obra ahíta de raíces y razones, elementos de todo poeta que ha exterminado el tiempo. Retorno a sus orígenes y vislumbre del final de nuestra contingencia. “Levantado desde la raíz de tu hermosura,/ de hermano muerto sobre la melancolía de la hierba,/ quebrantado por sus suplicantes cadenas de mansísima substancia:/ el arco de la erranza eterna de los astros”.

“Una chispa es todo el infierno”, sentenciaba William Blake. La “chispa” de Jacinto Cordero Espinosa surge de la llamarada impetuosa e indómita que signan sus poemas, pero se torna luz que alumbra y guía. Acceden a una razón que va y viene de un ser humano a otro cuando el espacio interhumano se filtra mediante el imponente develamiento de nuestros enigmas: vida y muerte, amor y desamor, soledad y plenitud, asombro y evidencia. “Porque hasta tu ala de amor creció la muerte/ y nuestro corazón,/ como un niño en las tinieblas,/ se cansó de esperarte”.

Refinado y airoso, delgado y enhiesto, sus impecables trajes, camisas y corbatas —incluso en altas horas de la noche hay que esperarlo para que se vista y acicale—, ¿cuántas veces estrechó esta mano, colmado de ese afecto hondo que reserva a sus escasos amigos? Los ojos verdes y llameantes, la sonrisa franca. “Porque todo es solamente/ apariencia, sueño breve/ entre dos relámpagos”.

Todo lo arrasa el tiempo, menos los instantes vividos con la intensidad de un relámpago.