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“Intelligentsiya”

Palabra rusa tomada del latín “intelligentia” y acuñada en Moscú por el novelista Pedro de Boborykin, alrededor del año 1860, para designar al grupo intelectual de elite de la nobleza rusa que había cursado sus estudios en las universidades europeas y que rodeaba y asesoraba al Zar.

Por extensión, se habla hoy de “intelligentsiya” para señalar al conjunto de personas de alta preparación en cualquiera de las ramas de los conocimientos científicos y tecnológicos —situadas en el gobierno o en cualquier otra organización social— que son las que generan las ideas e inspiran la toma de decisiones, aunque no siempre están en la visibilidad pública.

Y es que la “intelligentsiya” puede adoptar una de tres posturas frente al poder: participación en el gobierno para respaldar con ideas la tarea de quienes lo ejercen; crítica al poder, que a veces desemboca en el rechazo revolucionario del orden social existente; o el retiro hacia la “torre de marfil”, es decir, la indiferencia absoluta o casi absoluta frente a la política.

A lo largo de la historia no ha sido raro que los gobernantes se rodeen de intelectuales, pensadores y artistas para dar un halo de prestigio y esplendor a su gobierno. Tampoco que los intelectuales hayan abrazado la causa política. Recordemos que las grandes revoluciones europeas fueron alentadas por los sectores disconformes de la “intelligentsiya”. La Revolución Francesa, por ejemplo, no sólo que fue preparada por una constelación de intelectuales, que anticiparon las grandes ideas de la transformación, sino que fue liderada por hombres de pensamiento, como Maximilien de Robespierre, Georges-Jacques Dantón, Louis Antoine León de Saint-Just y Jean-Paul Marat.

La Revolución Bolchevique igualmente fue precedida por el trabajo de intelectuales y pensadores que sembraron las ideas del cambio social.
En todo caso, la relación entre la “intelligentsiya” y el poder —vale decir, entre los intelectuales y los políticos— no es fácil puesto que ellos se mueven en senderos diferentes. La figura del líder político es muy difícil de definir porque envuelve atributos disímiles: vitalidad, magnífica fisiología, capacidad de trabajo, imaginación, valentía para afrontar riesgos, serenidad para arrostrar los grandes honores y las grandes angustias del poder. La política demanda un mínimo de pragmatismo que con frecuencia falta en el intelectual. Y éste a menudo reprocha al político la ausencia de ideas. Son relaciones escabrosas. Si el intelectual hace desbordes de imaginación, obtiene palmas; pero si el político hace lo mismo, fracasa irremisiblemente.

Y es que políticos e intelectuales son, en muchos aspectos, tipos humanos antagónicos.