Fabián Corral

¿Tenemos instituciones?

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Lunes 13 de agosto 2012
13 de August de 2012 00:02

El de “Las instituciones” es concepto recurrente, pero nada claro; es asunto del que todo el mundo habla, pero es poco comprendido. La superficialidad y los lugares comunes que suplantan al pensamiento crítico y el discurso político, han generado una nube de ignorancia que confunde. Las instituciones son palabra devaluada, relleno precario al que acude cualquier miembro de esa tropa que cultiva con entusiasmo la literatura de la democracia barata.

¿Qué son las instituciones? Las instituciones son estructuras autónomas respecto de son los hombres del poder, modos de ser sociales que nacen de modo espontáneo en las sociedades, “herramientas culturales” para resolver problemas, superar conflictos o establecer pautas de comportamiento, que tienen reconocimiento y adhesión social. Son instituciones la propiedad, el matrimonio, el derecho, las iglesias, el Estado.” (J. A Marina). El poder institucional es lo contrario del poder personal del jefe; la República es lo más distante de la fuerza carismática del líder, lo más opuesto al caudillismo, lo incompatible con la personalización de la autoridad. De modo que la identificación, muy usual en nuestros países, de la capacidad de mandar, con la posibilidad de dar órdenes a los cortesanos y a los súbditos, sin pasar por los filtros de la ley, es la negación absoluta de las instituciones.

La tradición caudillista, la idea de que el poder político es atributo del jefe, virtud del caudillo, propiedad privada de los partidos o de los movimientos, es evidencia de que las instituciones, por acá, no han pasado de ser noción académica que nadie entiende, o palabra devaluada que llena discursos y marea a los asistentes a los foros. Las instituciones son hijas de la cultura, y por lo mismo, especie más bien escasa en tierras donde prolifera la mala yerba de los hombres fuertes y de la adhesión irracional, e irresponsable, a los actos de poder o de venganza. En esas circunstancias, es casi imposible que las instituciones superen el estrecho margen de la literatura política, o el mentiroso enunciado de las constituciones.

Las instituciones prosperan y marcan la conducta colectiva cuando hay civilización. Y cuando la población tiene la idea clara y la creencia de que ni el poder, ni la moral pública, ni la razón, ni la justicia, son atributo de los elegidos. Peor aún, no hay posibilidad de que las instituciones prevalezcan y marquen las conductas, cuando el “pueblo” clama por las ordenes del jefe, y proclama sin reserva ni crítica su obediencia,

Para ilustración de quienes creen que las instituciones son hijastras de los hombres fuertes: el más grande elogio del caudillismo lo escribió Francisco Javier Conde, ideólogo falangista, en su “Teoría del Caudillaje”, según la cual el caudillo es un profeta, santo político, hombre providencial, refiriéndose, claro está, a Francisco Franco, “caudillo de España por la gloria de Dios”.