Susana Cordero de Espinosa

Lo insólito en la AEL

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Martes 18 de junio 2019

El jueves, el Académico de la Historia y Correspondiente de la Academia Ecuatoriana, don Carlos Freile Granizo, fue promovido a Miembro de Número de nuestra Corporación. En palabras iniciales al solemne acto, me referí a la discreta tradición académica según la cual, en los discursos de recepción a miembros correspondientes o numerarios, han de evitarse alabanzas y exaltaciones de la personalidad del recipiendario; abundar en ellas es, al menos, someterlo a la lucha entre las palabras que oye y la íntima certeza de sus propios límites. El genial García Lorca, en su viaje a Buenos Aires entre 1933 y 34, recibido con muestras de enorme expectación, aludió a “la vergüenza de ver tu nombre por las esquinas”.

Nuestra Academia cuenta entre sus miembros con historiadores de huella perdurable. El mayor de ellos y eximio arzobispo Monseñor Federico González Suárez, fue nombrado individuo de número de la AEL en 1889. En 1974, don Jorge Salvador Lara, ex director de la AEL y conocido historiador, alude a esta insólita circunstancia: “Monseñor González Suárez, años después, quizás en un rapto de escrupulosa humildad o inclusive en uno de no contenida cólera por algún otro nombramiento de la Academia –no conocemos en realidad sus razones- renunció a tal dignidad”.

(¿La prudencia del historiador le impidió hurgar en la razón por la cual el ilustre arzobispo renunció a su condición de miembro de número de la Academia o su vacilante alusión ‘a la no contenida cólera por algún otro nombramiento de la Academia’ revela, sin declararla, la razón por la cual el prelado privó por largos años a las Academias Española y Ecuatoriana de su relevante presencia? Sin embargo, a comienzos de 1908, “volvieron la Real Academia Española y […] la Academia Ecuatoriana a expedirle similares nombramientos. Se conserva el oficio que el eminente Arzobispo envía a don Alejandro Pidal y Mon, entonces director de la RAE, para agradecer su reconocimiento”, del cual va este extracto:
“Hay, entre la lengua que se habla y el ánima del hombre una unión tan íntima, un vínculo tan apretado, una dependencia tan recíproca, que el lenguajeviene a ser[…]como espejo vivo, en que aparece reflejada el alma […]: cultivar, pues, el idioma, estudiarlo, analizarlo y procurar conservarlo puro, genuino e incontaminado es obra civilizadora y tanto más civilizadora cuanto (como sucede con el castellano) el idioma que se habla sea más perfecto, más rico, más variado y esté ya fijado mediante la formación de una literatura en la que lo que solemos llamar el fondo de las obras literarias se halle en armonía con la expresión”.

Hace tiempo me detuve en la lectura del importante libro titulado “Hablamos la misma lengua. Historia política del español en América…”, de Santiago Muñoz Machado, hoy director de la RAE; pensé cuánto habría iluminado su ingente tarea conocer la posición histórica, política, intelectual y religiosa del preclaro historiador ecuatoriano, solo a partir de esta carta de 1908.