Monseñor Julio Parrilla

El infeliz Van Gogh

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Domingo 30 de junio 2019

Me gustaría ser millonario para tener un Van Gogh en las paredes de mi cuarto de estar y sentarme delante del cuadro, tan ricamente, recorriendo poco a poco toda su paleta. Me encanta su pintura y me seduce su vida de artista sumido en la más grande desgracia.

Nacido en una familia de tradición calvinista, su entorno no fue demasiado alegre ni optimista. Alguna vez leí sobre sus fracasos amorosos, sus profundas depresiones y sus arrebatos místicos, lo cual no auguraba una vida demasiado fácil. Murió a los treinta y siete años, sin que su obra fuera especialmente apreciada, una obra que luego influiría en los expresionistas hasta el punto de considerar al artista como un maestro universal.

Hoy sus cuadros alcanzan una cotización desorbitada. Así es la vida de caprichosa.
Un buen amigo, entusiasta de Van Gogh, me ha enviado la película de Julián Schnabel titulada “Van Gogh: a las puertas de la eternidad” y protagonizada por Willem Dafoe. Destaca una puesta en escena más envolvente que narrativa, salpicada de diálogos que dejan en evidencia el desamparo del artista y su deseo de ser comprendido y aceptado. Es una historia que se repite en la vida de muchos genios que, de una u otra manera se adelantan a su época y sobresalen sobre sus coetáneos. En el caso que nos ocupa, el paralelo entre fiebre creativa y desamparo radical expresan un mundo interior desbordado y desgarrado.

No es que para vivir en esa contradicción sea necesario ser un genio. Muchos hombres y mujeres, mayores y jóvenes, viven la dolorosa experiencia de no sentirse comprendidos, aceptados o amados. Creo que es un signo de nuestro tiempo el hecho de lamerse solos las heridas del propio corazón.

Sin duda que la pintura fue el gran refugio de Van Gogh. Y que, a la postre, todos necesitamos tiempos, espacios y relaciones que aquieten nuestra alma. Los creyentes en un Dios más amable, tierno y cercano que el de Van Gogh, tenemos una cierta ventaja que, como todo en la vida, hay que cuidar y cultivar. Lamentablemente, el mundo está lleno de personas que entierran sus talentos por miedo, que cierran las puertas a la sorpresa y a la novedad o que, simplemente, se acostumbran a vivir en la inercia. El recorrido vital de Van Gogh resultó excesivamente doloroso.
Quizá él mismo era excesivo en extremo. Le hubiera venido muy bien encontrar un poco de amor y, sobre todo, vivir delante de un Dios con entrañas de padre. Las heridas, en vez de meter el dedo, conviene curarlas. Se lo digo con frecuencia a aquellos que, ante las dificultades de la vida, siguen maltratándose, siendo al mismo tiempo siervos y gamonales. En cualquier caso, es evidente que nunca podré comprar un Van Gogh, pero seguiré intentando adquirir un poco más de sabiduría, de entendimiento y de amor y, así, acortar las distancias que me separan de la felicidad.