Reinaldo Páez

Infartos que destrozan vidas

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Lunes 24 de septiembre 2018

El ser humano es víctima permanente de sucesos perjudiciales: accidentes, guerras y enfermedades que acortan su sobrevivencia.

Se ha determinado que la enfermedad cerebro-vascular es la segunda causa de mortalidad (fallecimiento) y primera de morbilidad (discapacidad) en el mundo.

Esta enfermedad tiene dos expresiones: 1.- Las hemorragias o derrames cerebrales y 2.- El taponamiento de las arterias.

En el primer caso la sangre sale de la arteria rota (aneurismas o malformaciones vasculares) se acumula, empuja al cerebro y altera la función cerebral. Estos procesos representan el 15% ó el 20 % de los accidentes cerebro-vasculares y en la actualidad son tratados, con bastante éxito, con insumos que permiten cerrar los agujeros sangrantes, sin efectuar intervenciones quirúrgicas.

En el segundo caso, la oclusión de los vasos sanguíneos del cuello y del cerebro constituyen el 80% u 85% de esta enfermedad que, al impedir la llegada de sangre, ocasiona infartos y cuadros catastróficos, pues las células cerebrales (neuronas), al no recibir el oxígeno, que lleva la sangre, mueren y generan déficits: parálisis, pérdida del habla o deterioro de la conciencia y muerte. Muchos de estos pacientes oyen y ven, mantienen una capacidad de entendimiento normal pero no pueden hablar, ni moverse.

Esta angustiosa realidad ha motivado al universo científico a buscar soluciones para estas afecciones que, en épocas anteriores, estaban destinadas únicamente a cuidados de aseo y enfermería.

Si se produce una oclusión arterial existen lapsos, de hasta cuatro horas y media después de iniciado el cuadro, para administrar substancias que disuelven los coágulos o trombos y de seis horas para extraerlos con procedimientos especiales, cada vez más variados y eficaces. La inmediatez del tratamiento posibilita la recuperación de funciones y evita la instauración definitiva del infarto cerebral y de los síntomas de discapacidad leve o severa.

El Ministerio de Salud debe crear, con urgencia, centros especializados que atiendan a toda hora, todos los días del año y dotarlos de las substancias, equipos e insumos indispensables para efectuar estos procedimientos.

Es imprescindible abaratar los altísimos costos de los materiales liberándolos de los impuestos que los hacen dos veces más caros que en otros países.

En nuestro medio se han efectuado, esporádicamente, desde hace cuatro años, estos tratamientos, a diferencia de la creciente frecuencia con la que se realizan en otras latitudes.

La educación a la población es otro factor fundamental para cristalizar una labor fecunda que se enriquece con la presencia de más especialistas capacitados para conseguir éxito en estos programas que salvarán vidas y evitarán el incremento desesperante de pacientes que truncan su futuro con discapacidades que pudieron ser evitadas.