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Miércoles 05 de julio 2017

Unos la nombran Maestra, otros Madrina, no faltan quienes la llaman por sus nombres, Inés María. Casi todos los artistas plásticos ecuatorianos le deben algo: textos académicos, rigurosos o comentarios -de aquellos que Humberto Eco llamaba ‘textos de ocasión’, los que conminan al autor desde afuera y que muchas veces son mejores que aquellos que emergen de un llamado interior-. Sabia y bella (en seres humanos como ella el tiempo se humilla), va y viene por el mundo llevando nuestro arte –ancestral, moderno o de vanguardia- sin otro interés que el de encumbrar el nombre de Ecuador.

Inés María Flores, historiadora, crítica y suscitadora de artes visuales de las más excepcionales que ha dado Ecuador, jamás dice no al pedido de un artista en ciernes, mediano o consagrado, allí está, junto a ellos, escribiendo materiales académicos con austeridad, profusión de saberes, anchura de espíritu, altruismo proverbial. ¿Qué hace de esta mujer excepcional única? No solo su acervo de conocimientos, su dación integral a los artistas y a cuanto se refiere su mundo, sino también su vida sin mácula alguna y su reciura humana.

Adicción al estudio y al trabajo. Aprendió a ejercer la libertad desde sus primeros años cuando solía escaparse de su casa solariega en Ibarra y extasiarse contemplando el trabajo de los aserradores a orillas del río Tahuando, el río sagrado. (Las comunidades originarias lo veneraban bordando con flores un sol sobre sus aguas). Imagino a Inés impregnando en su ser sus aguas bendecidas por nuestros dioses ancestrales. ¿La libertad es uno de los absolutos humanos? Inés la buscó siempre, y desde ese ámbito erigió su camino signado por un devocional estudio de las artes plásticas, trabajo arduo y virtuoso, diligencias incesantes, genuinos hitos históricos que ha dejado en los lugares donde ha vivido.

A Inés deben su consagración innumerables artistas. Ella actúa no solo en su bautismo, sino que sigue sus pasos, los acicatea y alerta, orienta y apoya. Apenas hay certamen de artes plásticas en el cual su presencia no esté iluminándolo. Pocas veces se niega a algún pedido, pero cuando lo hace es definitivo. No sé qué admirar más en Inés, su espléndido talento creador, su obsesiva pasión por el trabajo o esa luz radiante y vivificante que dimana de su ser.

Sapiencia y rigurosidad signan vida y obra de Inés María Flores. Ha creado y fundado museos, mantenido cátedras, dictado conferencias, oficiado de asesora en organismos de reputación mundial. Inés sigue entregada a sus memorables proyectos en un país donde no se enseña nada sobre nuestros grandes valores. Por eso vayan estas líneas de homenaje a quien ha llevado nuestro arte visual por el mundo. Seres como Inés son ‘…imprescindibles, únicos, merecedores del mañana’.