Fernando Larenas

La indignación

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Martes 24 de enero 2012
24 de January de 2012 00:02

En una carta que envía a Martín Pallares el Presidente de la Corte Constitucional llama la atención el empleo de dos vocablos que en tiempos normales ni siquiera deberían ser tomados en cuenta.

Por el tono indignado con el que se expresa el señor Patricio Pazmiño, se colige que no fue de su agrado que la prensa dé a conocer su encuentro gastronómico con uno de los hombres más importantes del Gobierno.

Seguramente por eso afirma que el periodista Pallares trabaja para “defender los intereses de los dueños del medio quienes cubren su salario”. Señor Pazmiño, ¿quién cree entonces que debería pagar el sueldo de los periodistas que trabajan en un medio privado? Por supuesto que no puede ser el Estado, tiene que ser una empresa privada y es cuestión de trabajar en alguna o de generar trabajo para darse cuenta de esta verdad de Perogrullo.

La indignación le sube cuando destaca el trabajo de la Corte Constitucional “más allá de los intereses de los medios de comunicación y de sus periodistas empleados como usted”. Nótese el supuesto delito de Pallares: es empleado.

El Diccionario de la Real Academia Española anota que empleado es la persona que desempeña un empleo o que por un salario o sueldo desempeña los trabajos domésticos o ayuda en ellos. No es una mala palabra o una actividad ilegal, es simplemente un empleado.

El doctor Pazmiño también es empleado, pero público, y trabaja por un salario que le paga el Estado, esa es la única diferencia, pero ninguna de las dos actividades, públicas o privadas, son denigrantes, entonces ¿por qué sorprenderse que el colega Pallares reciba un salario por su desempeño?

Da la impresión que todos nos estamos contagiando de la calentura política actual. Que el Presidente de la Corte Constitucional se haya ido a cenar con Alexis Mera en realidad no tiene nada de malo, pero a los ojos de la independencia de funciones resulta chocante.

Recuerdo el escándalo cuando se publicó la foto del ex dueño del país a bordo de un vehículo todoterreno poco después de una reunión con un alto magistrado. Es que para un magistrado con responsabilidades tan grandes como la que tiene el Presidente de la Corte Constitucional, su obligación es que por lo menos cuide las apariencias.

No tiene por qué ponerse bravo. Cuando el poder se acabe, recién ahí los funcionarios se someterán a un mea culpa por sus desaciertos, pero mientras eso no llegue, por lo menos sean más cautelosos en sus encuentros e invitaciones.

La preocupación del periodismo será siempre la misma; no importa tanto que los personajes hayan degustado ‘carpaccio’ de pato y ‘escargots’ acompañados de un vino Chateau de la Tuilerie. Lo que sí indigna es que se juegue con la independencia de las funciones del Estado, que debería ser el leimotiv de la democracia.