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Es hora de la paz

jparrilla@elcomercio.org

Asíestamos, sometidos a tensiones permanentes que nos arrastran como si fuéramos víctimas de una maldición gitana. Siempre he sentido por Colombia una gran admiración y, al mismo tiempo, un enorme desasosiego… Y siento (siento o deseo, que la cosa no es tan clara) que esta es la hora de la paz. Esta es, sin duda, la convicción y el deseo de todo hombre y mujer de buena voluntad, solidarios con el sufrimiento de las comunidades que han sido y son víctimas de la violencia de los grupos armados, particularmente de las FARC y del ELN.No basta con sentir o desear… Es necesario rechazar cualquier hecho doloroso que siembre muerte y desolación y que, además, lesione la esperanza frente a los diálogos de paz que se desarrollan en La Habana.
Las mismas escenas cansonas de las delegaciones entrando y saliendo de la sala de negociaciones, las declaraciones de buena voluntad repetidas hasta el cansancio, mientras el goteo constante de muertos se derrama sobre la mesa, ponen a prueba la paciencia de cuantos quisieran voltear de una vez esta página de la historia. Y es que a lo largo de los diálogos de paz no han faltado provocaciones letales, que han minado la confianza del pueblo colombiano en los diálogos y en la voluntad de los grupos armados de buscar una salida negociada al conflicto.

Antes de que se agote la paciencia de unos y otros, se necesitan gestos valientes y audaces en el camino de la reconci­liación y de la paz. No es suficiente con anunciar un cese temporal de la violencia. Es necesario un compromiso radical y firme a favor del cese de las hostilidades. Matar mientras se habla de paz es una hipocresía que repugna y dinamita la moral del mejor intencionado y hace imposible cualquier acuerdo.

Enquistado en La Habana, este largo proceso de paz, permanentemente salpicado por la sangre de las víctimas, hace caer a muchos colombianos y a cuantos, sin serlo, deseamos la paz para Colombia, en la tentación de la desesperanza y de la apatía. Frente a eso, es necesario reafirmar que todos tenemos el derecho y el deber de ser constructores de la paz. Es algo que nos ha recordado el papa Francisco con enorme valor y lucidez: “¡No nos dejemos robar la esperanza!”. Porque este es el riesgo cuando las soluciones se dilatan y las decisiones se difieren… Sería una enorme ingenuidad pensar que podemos promover la paz optando por la violencia, alentándola o siendo, simplemente, indiferentes.

Los grandes promotores de la paz, cuantos vivieron y murieron por ella, supieron aunar en un mismo impulso liberador la paciencia activa y el trabajo diario por una causa que siempre parecía perdida… En medio de las dificultades de la vida política, a punto incluso de caer por el precipicio del martirio, vivían con la convicción de que su hora, cualquiera que fuere, era la hora de la paz.

Ojalá que Colombia, cercana y hermana, encuentre su hora.