Lolo Echeverría Echeverría

Historias de la Guerra

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Sábado 22 de febrero 2020

Un loco con charreteras se presentó ante los periodistas a los que había convocado y les dijo que irían directamente a bombardear Lima. Uno de los periodistas le preguntó si tenían aviones con autonomía de vuelo para ir hasta la capital peruana y regresar. No, respondió, pero tenemos aviones que pueden llegar hasta Lima.

Esta es una de las historias de la guerra, de las que recuerdo como periodista, de las que no se cuentan. Historias en plural. No la historia oficial, la que relatan los comandantes, esa historia que fabrica héroes y villanos para levantar la moral y no para descubrir la verdad. Los que escriben esos relatos no hacen periodismo ni hacen historia, su función es crear mitos.

Escribir la historia de la guerra es una locura. Un día apareció el periodista Wellington Toapanta en mi oficina para contarme que había escrito un libro sobre la guerra del Cenepa y pedirme que le escribiera el prólogo. Traté de disuadirle diciéndole, medio en broma, que empezaría con la frase famosa de Bismark: “nunca se miente más que antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”. No hay problema, me respondió, tienes libertad para escribir lo que quieras. Ayer se hizo el lanzamiento del libro.

Cuando terminé la lectura estaba sorprendido. Tiene la información de los orígenes del Estado ecuatoriano y sus instituciones; el relato de la tragedia territorial, militar y diplomática; todos los antecedentes para entender la guerra del Cenepa. Pero lo que me conmovió fue la serie de historias relatadas por los combatientes, sin pretensiones ni intenciones, solo la narración escueta del drama humano personal, del encuentro del soldado con la muerte, la del enemigo o la suya propia. Para estas historias no estaba preparado, se me heló la sangre. Yo que paso miedo solo porque se apaga la luz, temblaba siguiendo el relato de un soldado abandonado en las tinieblas de la noche, agazapado en la selva, con mil alimañas alrededor y una patrulla enemiga siguiendo su rastro para darle muerte.

Así, hambriento, con miedo y herido, ¿pensar en patriotismo, pensar en solidaridad, pensar en cumplir órdenes? Eso es heroísmo y relatar esa experiencia con lágrimas en los ojos, es el mejor periodismo. Después de leer esos relatos de los soldados, se tornan irrelevantes los grados militares, las estrategias y las versiones oficiales de la guerra. Los combatientes nos hacen valorar la paz con su relato; Wellington, al ubicar a esos soldados en distintas regiones de la patria y al conseguir que relaten su historia, ha descubierto para nosotros el otro lado de las batallas, la verdad sobre todas las guerras. Las guerras de la humanidad cuentan por millones el número de muertos, mutilados, enloquecidos, destruidos.

Guerras civiles, guerras estúpidas, guerras de religiones y guerras de políticos. Todas son crueles, todas absurdas, todas inhumanas, todas inútiles. Por eso decía Jorge Luis Borges: “las Malvinas fue la guerra de dos calvos por un peine”.