Marco Antonio Rodríguez

Los dos hermanos

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Domingo 07 de abril 2019

“Mi padre fue un hombre de una dimensión tal como para que los gusanos lo olviden”, truena la voz de Oswaldo Moreno, alquimista sabio de nuestras artes visuales, solitario y relegado, lo mismo que su hermano Eugenio, poeta. Oswaldo se refería a Alfonso Moreno Mora, padre de los dos, figura relevante del Modernismo ecuatoriano. Ateos, altivos, soberbios, distantes, los tres dejaron un legado excepcional, y los tres yacen cubiertos por el más ignominioso olvido.

A través de la mirada brumosa de Oswaldo, veo a Eugenio en varios ciclos de su vida. Desde niño, vigoroso, mofándose del futuro artista pintor, frágil, hipocondríaco, escurridizo. Los dos tratando de rehusar la leyenda que cubrió a su padre luego de la salida de su casa para no volver nunca más. Los tañidos lóbregos de la iglesia de Santo Domingo de Cuenca y las cortinas funéreas en casa de los Moreno Heredia perturbaron siempre la memoria de Oswaldo. “Estoy seguro de que en el Oso ocurrió algo idéntico”, decía Oswaldo, musitando el sobrenombre de su hermano.

La imagen difusa y doliente del padre devino en ícono de los dos hermanos. “Padre de ayer/ hoy hermano ya ido al que contemplo/ con dos lágrimas duras de pedernal quemado/ girando entre las trombas de la muerte,/ extiendo la mano/ en vano, sin sentido/ buscando una caricia por el viento”, dirá Eugenio. Y Oswaldo, ciego, en los tramos finales de su vida, pintando con sus manos, buscando en las formas que iba erigiendo sobre el lienzo a su padre.

Eugenio, autor de “Baltra” y “Ecuador, padre nuestro”, poemarios claves de su generación, llevaba en su levita poemas de su autoría; de pronto, en cualquier reunión, imponente, gallardo, declamaba: “quiero una palabra,/ nada más,/ quiero una vicuña de ojos melancólicos,/ un poyo en el crepúsculo,/ un poco de maíz entre mis manos,/ contra mi corazón,/ una palabra nada más”. “Yo volveré venciendo la noche de mi muerte,/ me hallarás en tu voz, en tu tacto, en tu aire,/ en el agua que bebas”.

Oswaldo siempre experimentó: escultura en chatarra, artesanías de repujado y labrado con cobre, tintas con improntas de fina composición geometrizante o vigorosas estampaciones primitivistas. Ejercicios lúdicos, perenne música, matriz de su creación visual.

Sus series, colmadas de perfección. La del siglo XX, testimonio soberbio de 20 piezas que pueden lucir en cualquier museo del mundo. Oswaldo murió ciego y pobre. “Un hombre que rebasó la vida con su poesía no podía seguir hecho un despojo”, sentenciaba Oswaldo. Los dos –imponentes, invictos– seguirán repitiendo: “Por muy grande que sea el frío de tu ser./ Por ardiente que sea la helada de nuestra intimidad,/ Vida, yo hablo de ti, y te abrazo/ En el acto de conocerte y nombrarte”.