Monseñor Julio Parrilla

¿Hasta dónde y cuándo?

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Domingo 08 de julio 2012
8 de July de 2012 00:03

Hace aproximadamente dos años escribí un artículo sobre el tema de la violencia en esta misma página. Sin venir muy a cuento, una dama se sintió obligada a salir en defensa del gobierno acusándome a mí de ser antigobiernista. ¿Por qué? Porque señalaba la gravedad de la violencia y el desamparo de las víctimas. Demasiados ausentes para una patria que pretende ser de todos... Más allá de la objetividad del tema, se me ponía en la picota de la incapacidad mental: mi pobre tarima humana no me permitía ver las bondades del régimen y tener una visión más amplia del problema. Contesté yo que desde mi pobre tarima humana veía lo que difícilmente se puede ver desde la tarima del poder: sus contradicciones y el dolor de los pobres. En estos dos años la violencia nos ha salpicado a todos hasta el punto de cuestionar nuestra capacidad para enfrentarla. De hecho, estamos pagando un alto precio de sangre y de dolor.

Las amenazas del crimen organizado, del narcotráfico, del sicariato, de la delincuencia, se cumplen cada día con un trágico saldo y ritual de muerte. ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? Esta es la cuestión, más allá de lealtades incondicionales. El viejo profesor solía decirme: “incondicionales solo para amar”.

Lamentablemente, hoy la violencia desborda nuestras sociedades latinoamericanas. Pienso en ‘México, lindo y querido’, con su enorme potencial económico y cultural, pero tocado en la línea de flotación, allí donde una sociedad se salva o se hunde.

En este tema, a nuestro Gobierno hay que exigirle que garantice, no ya el buen vivir, sino simplemente la vida de los ciudadanos, su seguridad y su dignidad. Y, al mismo tiempo, hay que apoyarlo con lealtad en esta guerra sin cuartel, que solo será ganada con el concurso de todos. Más allá de medidas represivas, legales o judiciales, hay una cultura de paz, de convivencia, de inclusión y de rehabilitación, que no podemos ignorar. Hay unas condiciones de vida y de desarrollo que, en este país, siguen siendo para todos un desafío. Gran parte de nuestra violencia, especialmente entre jóvenes, hunde su raíz en el pozo oscuro de la pobreza, desempleo y falta de oportunidades. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos vamos metiendo en una cultura de muerte, en la que pareciera que todo vale con tal de conseguir el fin deseado. Frente a esta cultura, es preciso reivindicar el principio de la resistencia ética: el mal se combate con el bien. Sobre todo este mal de la violencia que es como una hidra, un monstruo de infinitas cabezas que puede llegar a pudrir no solo la conciencia personal, sino las mismas estructuras sociales.

La Iglesia no puede estar ausente de este esfuerzo ético. Por medio de sus instituciones educativas y solidarias intenta cada día rehacer la trama, civil y religiosa, que sostenga al hombre en su lucha y en su esperanza. No nos pidan que nos quedemos mudos. Ante la violencia, que destruye la vida y a todos nos amenaza, hay que gritar ¡basta!