Abelardo Pachano

Harakiri

Tener la cabeza fría en momento de alta tensión es la clásica recomendación para que las decisiones no pierdan el carril de corrección que es indispensable transitar. Hacerlo de manera emotiva, sin valorar las circunstancias y sólo prevalido de ciertas apreciaciones apresuradas sólo ofrece penurias.

Lo segundo ocurre con cierta frecuencia en el país, demasiada diría, cuando se ve abocado a enfrentar una situación advertida con anticipación que necesita ser enderezada. De pronto, en lugar de afrontarla hay una suerte de Alzheimer colectivo: surgen los reparos, las objeciones y más que nada el desconocimiento irrazonable de esa realidad.

Nadie quiere hacerse cargo de la solución, el gobierno queda huérfano de apoyo y no sólo eso, sino que se le acusa de ser el causante de la tragedia, poniendo tierra a la historia que explica de donde viene y quienes fueron los autores del descarrilamiento.

Ese es el ambiente del debate de la reforma tributaria y de la pro forma del presupuesto para el año que viene. Todos saben que la caja fiscal no tiene dinero sin el apoyo de los multilaterales, pero se empeñan en decir que para qué sirven si el problema se resuelve con crecimiento y no con su apoyo. Pero, y ahí viene este bendito, pero, cuando se piden los detalles de la solución del problema, empiezan las generalidades como aquella de vender los activos que tiene el Estado, como si eso fuera parte de una feria de pueblo, o creer que por nuestra cara bonita nos seguirán prestando o refinanciando deuda sin un compromiso de esfuerzo propio.

Desconocer el problema es una actitud psicológica defensiva que ocurre con aquellos que se creen predestinados a no tener esas dificultades, para luego a la fuerza tener que actuar, aunque con una tardanza que profundiza el daño y trae una medicina más dolorosa y de mal sabor. Es la actitud reconocida del avestruz que esconde su cabeza pensando que con ello está a salvo porque no ve su entorno y cree que con eso ya pasó el peligro.

La ceguera (de conveniencia) en desconocer la dimensión del peligro que viene acompañando la desatención del aprieto no es otra cosa que un harakiri, al que condenan los líderes a toda la sociedad con esta actitud mezquina frente a las responsabilidades que ellos por su propio empeño las buscaron. Intuyo que saben lo que ocurrirá, pero se niegan a tener en cuenta que juegan con el futuro y agravan las ya difíciles condiciones de vida de la gran mayoría de miembros de la colectividad nacional.

Sin voluntad política para enfrentar momentos difíciles, poco puede hacer la política económica, más aún, cuando se la transgrede y encima se la desconoce. Los samuráis por lo menos lo hacían por honor.

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