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Jueves 24 de octubre 2019

akennedy@elcomercio.org

En el silencio y la oscuridad de las salas, cientos de espectadores miran fijamente la pantalla. La mayoría se siente escindida entre Gotham city o ciudad Gótica y las que arden literalmente: Quito, Santiago, Barcelona o La Paz. Aquella ciudad inventada a imagen y semejanza de la Nueva York de los 70 o en lejana referencia a la ciudad inglesa de Gotham –“ciudad de las cabras” (paradigma de estupidez y locura)- se ha tornado en propia. El guasón (Joaquín Phoenix), símbolo de rebelión, de la oscuridad y del mal, doblegado siempre por el superhéroe Batman y su joven asistente Robin, ocupa en esta película un papel central. Batman, el niño de familia rica, aparece “de civil” en dos ocasiones interrumpidas por el servicio de guardia y por el asesinato perpetrado al final por el mismo Guasón, a él y su familia. El villano psicópata revela su propia furia devastadora.

Este personaje que ríe a carcajadas, torna su descontrolada risa en llanto, angustia, resentimiento y desesperación; ríe sin control (enfermedad de Tourette) y su propia risa desoladora le trae problemas (burla y puñetazos). Su único deseo jamás cumplido es ser actor de stand up shows; el camino sigue siendo resbaloso aún cuando por razones ajenas a la cordura y la razón, es invitado por el conductor de un talk show Murray Franklin (Robert de Niro), donde sufre finalmente la debacle de su propio personaje y personalidad. Su único amor también es ficticio, la vecina Sophie (Zazie Beetz) no se entera y cuando lo hace, la actitud del Guasón le llena de terror. Ha fracasado.

El sistema aplicados por sus Estados y gobiernos de turno al servicio de un rampante y delirante capitalismo, también ha fracasado. Se protege a los más fuertes, grite quien grite; lo hace la misma prensa a la que tanto han agredido las diversas manifestaciones; una población vulnerable que intenta desesperadamente visibilizar y denunciar al servicio de quienes están. Las sociedades disociadas por diversas demandas, insatisfacciones, contradicciones y finalmente desesperanza de que nada cambia a pesar de todo, de que la corrupción enriquece sin tregua a los más ricos que son quienes ostentan el poder, se visibiliza ahora más que nunca pasando por todos los estados de ánimo (como el Guasón). Deliran impotentes bajo diversos paraguas: organizaciones indígenas, trabajadoras, medioambientales, feministas, vándalos sin bandera.

Fracasa el modelo racionalista inaugurado con vítores por los enciclopedistas del siglo de las luces hace más de 300 años. La “luces” se tornan tinieblas; el derecho de todos, es de pocos. Se pierden vidas sin pena ni gloria a despecho de esperanzas puestas en algún norte modelado por el propio caduco sistema. Si no inventamos nuevas formas de organización y gobernanza el mundo seguirá cayéndose a pedazos…